Leyenda tradicional sobre la vocación de San Bruno, fundador de la Cartuja
París, hacia el año 1082. Había en las escuelas de la ciudad un maestro llamado Raimundo Diocrès, famoso por su ciencia y tenido por hombre de vida ejemplar. Los estudiantes acudían a oírle y el pueblo lo respetaba. Entre quienes lo trataban se contaba un canónigo de Reims, también maestro de renombre, llamado Bruno.
Diocrès murió, y la ciudad entera lo lloró. Su cuerpo fue llevado a la iglesia, expuesto en el féretro y cubierto con el paño fúnebre, y comenzó el Oficio de difuntos. Al llegar el lector a las palabras del libro de Job, Respónde mihi: quantas hábeo iniquitátes et peccáta? («Respóndeme: ¿cuántas iniquidades y pecados tengo?»), el muerto levantó la cabeza. Con voz terrible dijo:
—Justo Dei judício accusátus sum.
«Por justo juicio de Dios he sido acusado.»
Y volvió a caer inmóvil.
El espanto suspendió las exequias, y se acordó aplazarlas al día siguiente. Corrió la noticia, y a la mañana la iglesia estaba llena. Se reanudó el oficio y, al llegar a las mismas palabras, el cadáver se alzó de nuevo:
—Justo Dei judício judicátus sum.
«Por justo juicio de Dios he sido juzgado.»
Al tercer día acudió casi toda la ciudad. En el mismo punto del oficio, el muerto se incorporó por última vez:
—Justo Dei judício condemnátus sum.
«Por justo juicio de Dios he sido condenado.»
Ya no se celebraron exequias. Aquel hombre al que todos tenían por santo se había declarado réprobo, y su cuerpo fue sacado de la iglesia y enterrado fuera de tierra sagrada.
Bruno salió de allí con una pregunta que ya no le dejó. Si un hombre tan sabio y tan estimado se había perdido, ¿qué sería de él? Decidió dejar el mundo. Con seis compañeros se presentó ante Hugo, obispo de Grenoble. Hugo había soñado poco antes con siete estrellas que le guiaban a un lugar desierto de las montañas. En aquella soledad, la Chartreuse, fundaron en 1084 la primera cartuja.
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CONJETURAS SOBRE SU PECADO
Nadie supo nunca qué pecado había llevado a Raimundo Diocrès a tal sentencia. El muerto dijo tres veces que había sido acusado, juzgado y condenado, pero no dijo de qué. Calló su culpa en la muerte como, quizá, la había callado en vida. Ese silencio quedó en París más pesado que el propio cadáver.
Algunos pensaron que su pecado había sido la soberbia. Diocrès habría vestido de virtud un corazón que solo se amaba a sí mismo y habría gozado en secreto de la veneración de todos. Si así fue, nadie lo vio, porque la soberbia mejor guardada es la que se disfraza de humildad. Por eso el golpe fue tan grande: si el que todos tenían por santo estaba perdido, ¿quién podía estar seguro de su salvación?
Otros creyeron que guardaba un pecado grave que nunca se atrevió a confesar. Quizá fue una caída antigua que la vergüenza le impidió decir a un sacerdote. Quizá fue algo peor: se confesaba, comulgaba y recibía la absolución sin nombrar nunca aquello, de modo que sus confesiones eran sacrilegios y cada comunión una culpa nueva. Así se cumpliría lo que había advertido San Juan Crisóstomo: quien se avergüenza de confesar su pecado a un hombre será cubierto de vergüenza en el Juicio, ante todo el universo. Diocrès habría huido de la vergüenza de un confesionario y habría acabado proclamando su condenación desde el féretro, delante de toda la ciudad.
Otros, en fin, recordaron que era maestro. Hablaba de Dios con elocuencia y explicaba las Escrituras con sutileza, pero quizá estudiaba para brillar y no para amar, y en todo su saber se buscó a sí mismo. Si fue así, se entiende mejor lo que hizo Bruno, que también era maestro. Bruno no dejó un vicio concreto: dejó la cátedra, la fama y los discípulos, y se fue a buscar en el desierto el silencio que las escuelas no le daban.
Puede que el pecado de Diocrès quedara sin nombre precisamente para que nadie pudiera decir «yo no he hecho eso». Desde entonces, el muerto de París no acusa a un pecador concreto. Plantea a cada uno la pregunta del oficio de difuntos:
Respónde mihi: quantas hábeo iniquitátes et peccáta?
Scélera mea et delícta osténde mihi.
«Respóndeme: ¿cuántas iniquidades y pecados tengo?
Muéstrame mis crímenes y delitos.»
(Job 13,23)
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Como rezamos en la Letanía de los Santos:
A morte perpétua, líbera nos, Dómine.
«De la muerte eterna, líbranos, Señor.»


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