2 de noviembre de 2026

Justo Juicio de Dios - Raimundo Diocrès

 Leyenda tradicional sobre la vocación de San Bruno, fundador de la Cartuja

París, hacia el año 1082. Había en las escuelas de la ciudad un maestro llamado Raimundo Diocrès, famoso por su ciencia y tenido por hombre de vida ejemplar. Los estudiantes acudían a oírle y el pueblo lo respetaba. Entre quienes lo trataban se contaba un canónigo de Reims, también maestro de renombre, llamado Bruno.



Diocrès murió, y la ciudad entera lo lloró. Su cuerpo fue llevado a la iglesia, expuesto en el féretro y cubierto con el paño fúnebre, y comenzó el Oficio de difuntos. Al llegar el lector a las palabras del libro de Job, Respónde mihi: quantas hábeo iniquitátes et peccáta? («Respóndeme: ¿cuántas iniquidades y pecados tengo?»), el muerto levantó la cabeza. Con voz terrible dijo:

—Justo Dei judício accusátus sum.
«Por justo juicio de Dios he sido acusado.»

Y volvió a caer inmóvil.

El espanto suspendió las exequias, y se acordó aplazarlas al día siguiente. Corrió la noticia, y a la mañana la iglesia estaba llena. Se reanudó el oficio y, al llegar a las mismas palabras, el cadáver se alzó de nuevo:

—Justo Dei judício judicátus sum.
«Por justo juicio de Dios he sido juzgado.»

Al tercer día acudió casi toda la ciudad. En el mismo punto del oficio, el muerto se incorporó por última vez:

—Justo Dei judício condemnátus sum.
«Por justo juicio de Dios he sido condenado.»

Ya no se celebraron exequias. Aquel hombre al que todos tenían por santo se había declarado réprobo, y su cuerpo fue sacado de la iglesia y enterrado fuera de tierra sagrada.

Bruno salió de allí con una pregunta que ya no le dejó. Si un hombre tan sabio y tan estimado se había perdido, ¿qué sería de él? Decidió dejar el mundo. Con seis compañeros se presentó ante Hugo, obispo de Grenoble. Hugo había soñado poco antes con siete estrellas que le guiaban a un lugar desierto de las montañas. En aquella soledad, la Chartreuse, fundaron en 1084 la primera cartuja.

✠

CONJETURAS SOBRE SU PECADO



Nadie supo nunca qué pecado había llevado a Raimundo Diocrès a tal sentencia. El muerto dijo tres veces que había sido acusado, juzgado y condenado, pero no dijo de qué. Calló su culpa en la muerte como, quizá, la había callado en vida. Ese silencio quedó en París más pesado que el propio cadáver.

Algunos pensaron que su pecado había sido la soberbia. Diocrès habría vestido de virtud un corazón que solo se amaba a sí mismo y habría gozado en secreto de la veneración de todos. Si así fue, nadie lo vio, porque la soberbia mejor guardada es la que se disfraza de humildad. Por eso el golpe fue tan grande: si el que todos tenían por santo estaba perdido, ¿quién podía estar seguro de su salvación?

Otros creyeron que guardaba un pecado grave que nunca se atrevió a confesar. Quizá fue una caída antigua que la vergüenza le impidió decir a un sacerdote. Quizá fue algo peor: se confesaba, comulgaba y recibía la absolución sin nombrar nunca aquello, de modo que sus confesiones eran sacrilegios y cada comunión una culpa nueva. Así se cumpliría lo que había advertido San Juan Crisóstomo: quien se avergüenza de confesar su pecado a un hombre será cubierto de vergüenza en el Juicio, ante todo el universo. Diocrès habría huido de la vergüenza de un confesionario y habría acabado proclamando su condenación desde el féretro, delante de toda la ciudad.

Otros, en fin, recordaron que era maestro. Hablaba de Dios con elocuencia y explicaba las Escrituras con sutileza, pero quizá estudiaba para brillar y no para amar, y en todo su saber se buscó a sí mismo. Si fue así, se entiende mejor lo que hizo Bruno, que también era maestro. Bruno no dejó un vicio concreto: dejó la cátedra, la fama y los discípulos, y se fue a buscar en el desierto el silencio que las escuelas no le daban.

Puede que el pecado de Diocrès quedara sin nombre precisamente para que nadie pudiera decir «yo no he hecho eso». Desde entonces, el muerto de París no acusa a un pecador concreto. Plantea a cada uno la pregunta del oficio de difuntos:

Respónde mihi: quantas hábeo iniquitátes et peccáta?
Scélera mea et delícta osténde mihi.

«Respóndeme: ¿cuántas iniquidades y pecados tengo?
Muéstrame mis crímenes y delitos.»

(Job 13,23)

✠

Como rezamos en la Letanía de los Santos:

A morte perpétua, líbera nos, Dómine.
«De la muerte eterna, líbranos, Señor.»

1 de noviembre de 2026

1 y 2 de noviembre y el manuscrito Manuscrito del Purgatorio de Sor María de la Cruz


Manuscrito de Sor María de la Cruz

Lo que dice sobre el 1 y 2 de noviembre, la Virgen y San Miguel, y los sufragios por las almas

Al final una aclaración sobre esta revelación (*)

I. El 1 y el 2 de noviembre

En el manuscrito hay dos pasajes de Sor María Gabriela que tocan estas fechas, más una nota de la introducción. La fiesta de Todos los Santos (1 de noviembre) no aparece en sus palabras.

1. El 1 de noviembre (nota de la introducción, pág. 6)

No es palabra de Sor María Gabriela, sino una nota del traductor. Dice que la visión de la Virgen «con su cuerpo» «está en perfecta sintonía con el Dogma de la Asunción que se proclamó más de medio siglo después de estas narraciones, el 1º de Noviembre de 1950, por Pío XII».

2. El Día de Difuntos y su octava (págs. 81-83, entrada «Noviembre-Diciembre 1879»)

Sor María de la Cruz pregunta: «¿El día y la octava de los Muertos aportan alegría y causan numerosas liberaciones en Purgatorio?» Lo que responde Sor María Gabriela:

  • Muchas almas salen al Cielo ese día.
  • Todas las almas reciben algo, sin excepción. Por una gracia especial, «sólo ese día» todas las almas que sufren se benefician de las oraciones públicas de la Iglesia, también las del «gran Purgatorio».
  • No todas reciben lo mismo. El alivio va «proporcionado a su mérito. Unas reciben más y otras menos».
  • Para algunas es el único alivio. «Muchas pobres almas purgantes no reciben, por una justicia de Dios, sino sólo este único alivio durante los largos años que ellas pasan en el Purgatorio.»
  • No es el día con más liberaciones. «No es durante el día de muertos en el que más almas suben al cielo, sino en la noche de Navidad.»
  • Sobre la octava no dice nada aparte. Se menciona en la pregunta, pero la respuesta solo habla del «día de muertos».

En la misma respuesta añade, ya sin referencia a la fecha:

  • Las oraciones no siempre llegan a quien se ofrecen. Dios aplica a cada alma lo que quiere, «según su disposición». Para las almas es un dolor más ver que las oraciones ofrecidas por su liberación se aplican a otras.
  • La mayoría no tiene a nadie que rece por ellas. «La mayor parte son abandonadas, sin un solo recuerdo, ni una sola plegaria para ellas en la tierra.»
  • No saben cuándo saldrán. Solo notan que sus dolores disminuyen y que su unión con Dios se hace más íntima.

3. Entrada del «2 de Noviembre de 1890» (pág. 139)

Va titulada «(Última bendición del mes del Rosario). Recuerdo.» A pesar de la fecha, no habla de los difuntos ni del Purgatorio, sino del Cielo:

  • «Son fiestas siempre nuevas que se suceden sin interrupción», «un torrente de gozo que desborda sin cesar en todos los elegidos».
  • «El Cielo es, sobre todo, Dios; Dios amado, gustado, saboreado. ¡Es, en una palabra, la saciedad de Dios, y, sin embargo, sin ser saciados!»
  • «Cuanto más un alma ha amado a Dios en la tierra y más ha alcanzado la cumbre de la perfección, más ama y comprende a Dios en el Cielo.»

Es la última entrada del manuscrito. Según la introducción, las apariciones duraron hasta noviembre de 1890.

4. Entradas de noviembre que no tratan el tema

  • Tres de noviembre de 1880, sin día concreto: sobre el retiro, cómo reprender y los días de primera Misa.
  • Una de noviembre de 1886, sin día: sobre las pruebas.
  • Entradas del 7 y del 20 de noviembre, y referencias a noviembre de 1873, cuando empezaron las apariciones.

Ninguna menciona a los difuntos ni a Todos los Santos.

II. La Virgen María y San Miguel

El manuscrito no relaciona a la Virgen ni a San Miguel con el 1 o el 2 de noviembre. El pasaje del Día de Difuntos no los nombra, y la entrada del 2 de noviembre de 1890 habla solo del Cielo. Lo que sí dice de ellos en el Purgatorio, sin fecha de noviembre, es lo siguiente.

La Virgen María

  • Baja al Purgatorio en sus fiestas y vuelve al Cielo con muchas almas. Mientras está allí, las almas no sufren. San Miguel la acompaña (septiembre de 1879, págs. 56-57).
  • Las almas la ven «con su cuerpo», no como a los ángeles (misma entrada).
  • En el primer Purgatorio no se la ve. Sor María Gabriela la vio por primera vez al pasar al segundo, el día de la Anunciación. «Esta buena Madre nos habla del Cielo» y, mientras la ven, el sufrimiento parece disminuir (mayo de 1874, pág. 27).
  • El 15 de agosto (Asunción): «Hemos visto a la Santísima Virgen. Ella ha regresado al cielo con muchas almas; pero yo me he quedado» (pág. 39).
  • Los grandes culpables no la ven (pág. 25).
  • A San José lo ven también, pero menos que a ella (pág. 28).
  • Ayuda en la agonía a quienes la invocaron toda su vida (pág. 76).
  • Una nota de la edición francesa, no la propia vidente, dice que, según «santos y sabios teólogos», se muestra a las almas «sobre todo en los días de sus grandes fiestas» (pág. 27).

San Miguel

  • Conduce las almas en las dos direcciones. Viene a buscar a todas las almas ya purificadas, «pues es él quien las conduce al cielo» (pág. 56). También es él quien «lleva a las almas al lugar de expiación» (pág. 63).
  • Está presente en la muerte de cada alma. «Es a él a quien yo vi y al que ven todas las almas», como «testigo de la ejecución de la justicia divina» (pág. 77).
  • Su presencia sola no alivia. Si viene solo, «sufrimos como de ordinario»; el alivio llega cuando acompaña a la Virgen (pág. 57).
  • En su fiesta (29 de septiembre) bajó al Purgatorio y se llevó muchas almas, «sobre todo [...] aquellas que fueron devotas» (pág. 64).
  • La mejor manera de glorificarlo es difundir la devoción a las almas del Purgatorio (pág. 63).
  • Sobre la coronilla de San Miguel: sus promesas son reales y acortan las penas, pero no sacan de inmediato a quien debe un Purgatorio largo (pág. 97).

Inferencias (no las dice el texto)

  • Si San Miguel conduce al Cielo a todas las almas purificadas, las que según el pasaje de Difuntos salen ese día las llevaría él. El texto no lo dice expresamente para el 2 de noviembre.
  • La Virgen baja «en sus fiestas». El 1 y el 2 de noviembre no son fiestas marianas, así que por esa regla no habría motivo para suponer una visita suya esos días. El libro no lo afirma ni lo niega.
  • Dato del propio texto: la noche con más liberaciones es la de Navidad, no el Día de Difuntos (pág. 82).

III. Después de la Misa: ¿qué es lo más eficaz?

El manuscrito no ordena las prácticas en una lista tipo «primero la Misa, después tal cosa». Pero sí compara expresamente varias veces, y siempre gana lo mismo: las obras corrientes ofrecidas con pureza de intención y en unión con Jesús, por encima de muchas oraciones vocales.

1. Ofrecimiento de obras: lo que más compara a favor

  • «Una sola de tus acciones ofrecida por mi alivio, con pureza de intención, cuando estás muy unida a Jesús, me consuela más que muchas plegarias vocales» (págs. 109-110, 1880).
  • Ella le pregunta si le aliviaban más sus acciones unidas a Jesús o sus oraciones vocales. La respuesta: lo que Dios atiende es «todo lo que se hace con recogimiento» (pág. 86).
  • Para los parientes difuntos: «Lo que más agrada a Dios [...] en sufragio de sus parientes difuntos, no son una gran cantidad de plegarias sino hacer todas sus acciones con una gran pureza de intención y en unión a nuestro Señor» (pág. 131, 1886).
  • Hay que ofrecerlas antes de hacerlas. Muchas acciones buenas «no tendrán recompensa [...] porque no han sido ofrecidas a Dios antes de realizarlas» (pág. 59).
  • Ofrecerlas de forma concreta, no vaga. Da fórmulas: al comer, «Jesús, nutre mi alma con tu santa gracia, como ahora yo nutro mi cuerpo»; al lavarse, «Jesús, purifica mi alma como yo lavo mi cuerpo»; y así con cada acción (pág. 102).
  • Qué se puede ofrecer: el trabajo, los sufrimientos exteriores y los sacrificios (págs. 60 y 106).
  • La propia perfección acelera la liberación. «Mientras más pronto te perfecciones, más pronto igualmente ocurrirá mi liberación» (pág. 110).

2. Justo después de la Misa: la acción de gracias

Es lo único que el texto sitúa literalmente después de la Misa. Sor María de la Cruz había invitado al alma a adorar a Jesús, presente en su corazón, durante la acción de gracias tras comulgar. Respuesta: «Si siempre lo hubieras hecho, yo hubiera tenido mayor alivio. Hazlo ahora, y también antes de todas tus oraciones» (pág. 60).

3. Rosario, Oficio y Salterio

  • Lo que pide para sí misma (pág. 24): Misas, «algún Rosario rezado por mí», meditaciones bien hechas, «el oficio bien recitado, porque yo no lo recité bien», modestia, jaculatorias («elevaciones») y sumisión a la Superiora.
    • Inferencia: varias de esas peticiones reparan sus propias faltas («porque yo no hice nada de eso»). No son una lista general de lo más eficaz.
  • La frase de la pág. 99 («Rosarios y coronillas [...] esta oración es la más eficaz en las actuales necesidades») se refiere a la lucha de la Iglesia y de Francia, no a las almas del Purgatorio.
  • Salterio por muchas almas a la vez: si se ofrece antes, dirigiendo la intención a cada una, cada alma recibe su parte «como si lo dijeras por cada una». Lo mismo vale para lo que se haga por todas las almas en general (pág. 23).

4. Otras prácticas

  • El voto heroico: «muy agradable a Dios, de gran ayuda a las almas del Purgatorio», y quien lo hace, «en lugar de perderlos, ganan más» (pág. 99, con la fórmula del voto en nota).
  • Indulgencias plenarias, con reservas (págs. 99-100):
    • «Pocas, muy pocas son las personas que las ganan íntegramente», porque exigen disposiciones raras.
    • A las almas solo se les aplican según sus disposiciones.
    • Una plenaria bien ganada puede liberar a un alma que ya está cerca del Cielo. A las demás, «raramente la indulgencia en su integridad», sobre todo si en vida las despreciaron.
  • La coronilla de San Miguel abrevia las penas, pero rezada mecánicamente no libera de inmediato (pág. 97).
  • Una limitación de la Misa (pág. 29): a la Madre I. no le aprovecharon las Misas encargadas con sus bienes, porque una religiosa no puede disponer de ellos por el voto de pobreza.
  • Ninguna oración se aplica automáticamente. Dios la aplica a quien quiere, «según su disposición» (págs. 82-83).

Síntesis (inferencia)

Después de la Misa, el texto da más peso a hacer el día entero ofrecido, concreto y unido a Jesús, empezando por la acción de gracias, que a añadir más oraciones vocales. Rosario, Oficio, Salterio e indulgencias aparecen como buenos, pero dependen de que se hagan bien y de la disposición de quien los ofrece y de quien los recibe.


(*) Nota aclaratoria

El Manuscrito del Purgatorio recoge las comunicaciones que Sor María de la Cruz, religiosa del convento de Valognes (Francia), afirmó recibir entre 1874 y 1890 de Sor María Gabriela, hermana de comunidad fallecida en 1871. Se trata de una revelación privada. Como toda revelación privada, no pertenece al depósito de la fe ni obliga a creerla (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 67).

La Iglesia no se ha pronunciado sobre su origen sobrenatural. Los directores del boletín Notre-Dame de la Bonne Mort, que lo dieron a conocer en Francia, lo publicaron «como documento puramente histórico y con todas las reservas requeridas por la S. Iglesia, según el decreto de Urbano VIII».

El texto fue examinado por el canónigo Dubosq, antiguo superior del seminario mayor de Bayeux y promotor de la fe en la causa de Santa Teresa del Niño Jesús, y por el canónigo Gontier, censor oficial de libros de la diócesis de Bayeux. Ambos declararon que no contiene nada contrario a la fe ni a los principios de la vida espiritual. La edición francesa lleva el imprimatur de Mons. Giuseppe Palica (Roma), y la edición en español el de Mons. Guillermo Moreno Bravo, vicario general de México (2013). Estos juicios y licencias garantizan que el contenido no se opone a la fe y a la moral, pero no aprueban la autenticidad de las comunicaciones. Por lo demás, conforme a las Normas para proceder en el discernimiento de presuntos fenómenos sobrenaturales (Dicasterio para la Doctrina de la Fe, 2024), la Iglesia ordinariamente no declara la sobrenaturalidad de estos hechos.

¿Qué actitud conviene, entonces, ante este escrito? A ninguna revelación privada se le debe fe divina, que corresponde solo a la Revelación pública custodiada por la Iglesia. A lo sumo cabe un asentimiento de fe humana, libre y regido por la prudencia (cf. Benedicto XIV, De servorum Dei beatificatione, II, 32, 11; Benedicto XVI, Verbum Domini, 14). En este caso ni siquiera consta la aprobación de su origen. El lector puede, por tanto, tomar lo que le ayude a crecer en la vida cristiana, como la caridad hacia las almas del purgatorio, la pureza de intención o el amor a la Eucaristía, siempre que concuerde con la doctrina de la Iglesia. Los detalles particulares que el texto ofrece sobre el más allá, como lugares, grados, duraciones o cifras, no deben tenerse por enseñanza de la Iglesia. Su valor no está en satisfacer la curiosidad, sino en mover a la oración por los difuntos y a la propia conversión.

Decálogo para ayudar a las almas del Purgatorio, según el Manuscrito del Purgatorio



Decálogo para ayudar a las almas del Purgatorio, según el Manuscrito del Purgatorio

  1. Ama a Jesús antes que nada. Es la raíz de todo lo demás. «En el Cielo, sólo será recompensado el amor» (pág. 61).
  2. Obra solo por Dios. Que Él sea el único testigo de lo que haces. Lo hecho para figurar o por cumplir «no valdrá nada» (págs. 61, 86-88).
  3. Ofrece cada obra antes de empezarla. Muchas acciones buenas «no tendrán recompensa [...] porque no han sido ofrecidas a Dios antes de realizarlas» (pág. 59).
  4. Ofrécelas de forma concreta, no vaga. Al comer: «Jesús, nutre mi alma con tu santa gracia, como ahora yo nutro mi cuerpo». Al lavarte: «Jesús, purifica mi alma como yo lavo mi cuerpo» (pág. 102).
  5. Prefiere la calidad a la cantidad. «Una sola de tus acciones ofrecida por mi alivio, con pureza de intención [...] me consuela más que muchas plegarias vocales» (pág. 110).
  6. Cuida la acción de gracias después de comulgar. Invita a las almas a adorar contigo a Jesús presente en tu corazón, y hazlo también antes de rezar (pág. 60).
  7. Ofrece también el trabajo, las molestias y los sacrificios. No solo las oraciones (págs. 60 y 106).
  8. Santifícate tú: es el mejor sufragio. «Mientras más pronto te perfecciones, más pronto igualmente ocurrirá mi liberación» (pág. 110).
  9. Reza por muchas almas a la vez, dirigiendo la intención a cada una. Así cada una «tendrá parte como si lo dijeras por cada una». Acuérdate sobre todo de las olvidadas, que son la mayoría (págs. 23 y 83).
  10. Deja el resultado en manos de Dios. Él aplica lo que se reza «según la disposición» de cada alma. Ni el Día de Difuntos, ni las indulgencias, ni la coronilla funcionan de forma automática (págs. 82, 97-100).

Ganar indulgencias para las Almas del Purgatorio


Indulgencias para las Almas del Purgatorio

 Del 1 al 8 de noviembre

La Iglesia nos ofrece estos días indulgencias plenarias aplicables solo a las almas del purgatorio: un acto de caridad muy eficaz para su alivio. La finalidad es ofrecer por un difunto, a modo de sufragio, la remisión de la pena temporal que aún deba, y ayudarle así a alcanzar el Cielo y la felicidad eterna junto a Dios.

Otras indulgencias pueden ganarse para uno mismo o aplicarse a un difunto, nunca a otra persona viva. Estas, en cambio, solo pueden aplicarse a las almas del purgatorio.

¿QUÉ ES UNA INDULGENCIA?

Es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados ya perdonados en cuanto a la culpa. El fiel, debidamente dispuesto y cumpliendo ciertas condiciones, la consigue por mediación de la Iglesia, que, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos.

¿QUÉ ES LA INDULGENCIA PLENARIA?

La indulgencia es plenaria cuando libra de toda la pena temporal debida por los pecados, y parcial cuando libra de una parte. Ganar una indulgencia es lo que tradicionalmente se llama «lucrarla».

OBRAS PRESCRITAS PARA GANAR LA INDULGENCIA PLENARIA EN ESTOS DÍAS

Existen dos posibilidades:

1. Del 1 al 8 de noviembre (cada uno de esos días)

  • Visitar devotamente un cementerio.
  • Orar por los difuntos. Basta incluso una oración mental.

2. El 2 de noviembre, Conmemoración de todos los fieles difuntos

  • Visitar una iglesia u oratorio.
  • Rezar allí un Padrenuestro y el Credo.
  • La visita puede hacerse desde el mediodía del 1 de noviembre hasta la medianoche del 2.

SOLO UNA AL DÍA

La indulgencia plenaria solo puede ganarse una vez al día; la parcial, varias veces. Por tanto, cada uno de los días del 1 al 8 de noviembre se puede ganar una indulgencia plenaria por un difunto, y no más.

OTRAS INDULGENCIAS POR LOS DIFUNTOS (PARCIALES, CUALQUIER DÍA)

Se concede indulgencia parcial, aplicable solamente a las almas del purgatorio, al que:

  1. visite devotamente el cementerio y ore por los difuntos, aunque sea solo mentalmente (fuera del 1 al 8 de noviembre, o si ese día ya se ganó la plenaria);
  2. rece piadosamente Laudes y Vísperas del Oficio de difuntos;
  3. rece la invocación:

Dales, Señor, el descanso eterno y brille para ellos la luz perpetua. Que descansen en paz. Amén.

Réquiem ætérnam dona eis, Dómine, et lux perpétua lúceat eis. Requiéscant in pace. Amen.

CONDICIONES HABITUALES PARA LAS INDULGENCIAS

Además de realizar la obra prescrita, se requiere:

  1. Confesión sacramental. Una sola confesión basta para ganar varias indulgencias plenarias.
  2. Comunión eucarística. Se requiere estar en gracia y una comunión por cada indulgencia plenaria.
  3. Oración por las intenciones del Sumo Pontífice. Basta un Padrenuestro y un Avemaría, u otra oración piadosa por él. También una por cada indulgencia plenaria.
  4. Desapego de todo pecado, incluso venial. No se pide no tener faltas, sino no querer conservar ninguna. Una cosa es caer en un pecado venial por fragilidad; otra, tenerle afecto: complacerse en él o no querer dejarlo. Lo segundo es lo que impide la indulgencia plenaria (cf. san Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, I parte).

Cómo procurar este desapego. Antes de la obra, hacer un breve examen y preguntarse: ¿hay algún pecado, aunque sea pequeño, que no estoy dispuesto a dejar? Puede ser una crítica habitual, una pereza consentida o un rencor que guardo. Renunciar a él expresamente: basta un acto interior de la voluntad, «Señor, no quiero ninguno, tampoco este», pidiendo a Dios la gracia de hacerlo. No hace falta sentirlo, sino quererlo.

Cuándo cumplir las condiciones. La confesión, la comunión y la oración por el Papa pueden cumplirse unos días antes o después de la obra. Conviene que la comunión y la oración por el Papa se hagan el mismo día de la visita. El Código de 1917 (can. 931) fijaba unos ocho días; la norma vigente no fija un número.

REQUISITOS GENERALES

Para ganar cualquier indulgencia. Estar bautizado, no excomulgado y en estado de gracia, al menos al terminar las obras prescritas, y tener intención, al menos general, de ganarla.

Personas impedidas. A quien por un legítimo impedimento (enfermedad, edad, etc.) no pueda hacer la obra o cumplir las condiciones, el confesor puede conmutárselas.

¿Y SI NO SE CUMPLEN TODAS LAS CONDICIONES?

La indulgencia será parcial, y remite una parte de la pena temporal. Para la indulgencia parcial basta realizar la obra estando, al menos, arrepentido interiormente. Nunca es en vano.

¿POR QUÉ REZAR POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO?

  1. Es una obra de misericordia. Rogar a Dios por los vivos y por los muertos es una de las obras de misericordia espirituales, muy grata a Dios, que quiere que cooperemos en la obra de la salvación. Ofrecer la indulgencia por un difunto se asemeja, en el orden espiritual, a redimir al cautivo: ayudamos a quien no puede librarse por sí mismo a saldar la deuda que aún le retiene, para que llegue cuanto antes a la presencia de Dios. La indulgencia se aplica al difunto, pero el mérito del acto de caridad es nuestro.
  2. Ganamos intercesores. Las almas del purgatorio no pueden ayudarse a sí mismas, pero «nuestra oración por ellas puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 958). Una vez en el cielo, intercederán por nosotros con gratitud.
  3. Nos unimos a la piedad de la Iglesia. La tradición ha visto a la Virgen como consoladora de las almas del purgatorio y a san Miguel como quien las conduce a la luz santa, como pide la antigua liturgia de difuntos.

Recemos por las almas del purgatorio. Ofrezcamos por ellas nuestras oraciones, sacrificios y obras de caridad. Quizá un alma esté esperando precisamente nuestra ayuda para alcanzar la bienaventuranza eterna.

✠

Que las almas de todos los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz. Amén.

Fidélium ánimæ per misericórdiam Dei requiéscant in pace. Amen.


Letanía de los Santos - latín y español


 

℣. Versículo · ℟. Respuesta

LITANÍÆ SANCTÓRUM

℣. Kýrie, eléison.
℟. Kýrie, eléison.

℣. Christe, eléison.
℟. Christe, eléison.

℣. Kýrie, eléison.
℟. Kýrie, eléison.

℣. Christe, audi nos.
℟. Christe, audi nos.

℣. Christe, exáudi nos.
℟. Christe, exáudi nos.

℣. Pater de cœlis, Deus.
℟. Miserére nobis.

℣. Fili, Redémptor mundi, Deus.
℟. Miserére nobis.

℣. Spíritus Sancte, Deus.
℟. Miserére nobis.

℣. Sancta Trínitas, unus Deus.
℟. Miserére nobis.

℣. Sancta María.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancta Dei Génitrix.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancta Virgo vírginum.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Míchaël.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Gábriel.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Ráphaël.
℟. Ora pro nobis.

℣. Omnes sancti Ángeli et Archángeli.
℟. Oráte pro nobis.

℣. Omnes sancti beatórum Spirítuum órdines.
℟. Oráte pro nobis.

℣. Sancte Joánnes Baptísta.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Joseph.
℟. Ora pro nobis.

℣. Omnes sancti Patriárchæ et Prophétæ.
℟. Oráte pro nobis.

℣. Sancte Petre.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Paule.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Andréa.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Jacóbe.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Joánnes.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Thoma.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Jacóbe.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Philíppe.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Bartholomǽe.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Matthǽe.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Simon.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Thaddǽe.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Matthía.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Bárnaba.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Luca.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Marce.
℟. Ora pro nobis.

℣. Omnes sancti Apóstoli et Evangelístæ.
℟. Oráte pro nobis.

℣. Omnes sancti Discípuli Dómini.
℟. Oráte pro nobis.

℣. Omnes sancti Innocéntes.
℟. Oráte pro nobis.

℣. Sancte Stéphane.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Laurénti.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Vincénti.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancti Fabiáne et Sebastiáne.
℟. Oráte pro nobis.

℣. Sancti Joánnes et Paule.
℟. Oráte pro nobis.

℣. Sancti Cosma et Damiáne.
℟. Oráte pro nobis.

℣. Sancti Gervási et Protási.
℟. Oráte pro nobis.

℣. Omnes sancti Mártyres.
℟. Oráte pro nobis.

℣. Sancte Sylvéster.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Gregóri.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Ambrósi.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Augustíne.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Hierónyme.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Martíne.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Nicoláe.
℟. Ora pro nobis.

℣. Omnes sancti Pontífices et Confessóres.
℟. Oráte pro nobis.

℣. Omnes sancti Doctóres.
℟. Oráte pro nobis.

℣. Sancte Antóni.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Benedícte.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Bernárde.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Domínice.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancte Francísce.
℟. Ora pro nobis.

℣. Omnes sancti Sacerdótes et Levítæ.
℟. Oráte pro nobis.

℣. Omnes sancti Mónachi et Eremítæ.
℟. Oráte pro nobis.

℣. Sancta María Magdaléna.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancta Ágatha.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancta Lúcia.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancta Agnes.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancta Cæcília.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancta Catharína.
℟. Ora pro nobis.

℣. Sancta Anastásia.
℟. Ora pro nobis.

℣. Omnes sanctæ Vírgines et Víduæ.
℟. Oráte pro nobis.

℣. Omnes Sancti et Sanctæ Dei.
℟. Intercédite pro nobis.

℣. Propítius esto.
℟. Parce nobis, Dómine.

℣. Propítius esto.
℟. Exáudi nos, Dómine.

℣. Ab omni malo.
℟. Líbera nos, Dómine.

℣. Ab omni peccáto.
℟. Líbera nos, Dómine.

℣. Ab ira tua.
℟. Líbera nos, Dómine.

℣. A subitánea et improvísa morte.
℟. Líbera nos, Dómine.

℣. Ab insídiis diáboli.
℟. Líbera nos, Dómine.

℣. Ab ira et ódio et omni mala voluntáte.
℟. Líbera nos, Dómine.

℣. A spíritu fornicatiónis.
℟. Líbera nos, Dómine.

℣. A fúlgure et tempestáte.
℟. Líbera nos, Dómine.

℣. A flagéllo terræmótus.
℟. Líbera nos, Dómine.

℣. A peste, fame et bello.
℟. Líbera nos, Dómine.

℣. A morte perpétua.
℟. Líbera nos, Dómine.

℣. Per mystérium sanctæ Incarnatiónis tuæ.
℟. Líbera nos, Dómine.

℣. Per Advéntum tuum.
℟. Líbera nos, Dómine.

℣. Per Nativitátem tuam.
℟. Líbera nos, Dómine.

℣. Per Baptísmum et sanctum Jejúnium tuum.
℟. Líbera nos, Dómine.

℣. Per Crucem et Passiónem tuam.
℟. Líbera nos, Dómine.

℣. Per Mortem et Sepultúram tuam.
℟. Líbera nos, Dómine.

℣. Per sanctam Resurrectiónem tuam.
℟. Líbera nos, Dómine.

℣. Per admirábilem Ascensiónem tuam.
℟. Líbera nos, Dómine.

℣. Per advéntum Spíritus Sancti Parácliti.
℟. Líbera nos, Dómine.

℣. In die Judícii.
℟. Líbera nos, Dómine.

℣. Peccatóres.
℟. Te rogámus, audi nos.

℣. Ut nobis parcas.
℟. Te rogámus, audi nos.

℣. Ut nobis indúlgeas.
℟. Te rogámus, audi nos.

℣. Ut ad veram pœniténtiam nos perdúcere dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.

℣. Ut Ecclésiam tuam sanctam régere et conserváre dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.

℣. Ut domnum Apostólicum et omnes ecclesiásticos órdines in sancta religióne conserváre dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.

℣. Ut inimícos sanctæ Ecclésiæ humiliáre dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.

℣. Ut régibus et princípibus christiánis pacem et veram concórdiam donáre dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.

℣. Ut cuncto pópulo christiáno pacem et unitátem largíri dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.

℣. Ut omnes errántes ad unitátem Ecclésiæ revocáre, et infidéles univérsos ad Evangélii lumen perdúcere dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.

℣. Ut nosmetípsos in tuo sancto servítio confortáre et conserváre dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.

℣. Ut mentes nostras ad cœléstia desidéria érigas.
℟. Te rogámus, audi nos.

℣. Ut ómnibus benefactóribus nostris sempitérna bona retríbuas.
℟. Te rogámus, audi nos.

℣. Ut ánimas nostras, fratrum, propinquórum et benefactórum nostrórum ab ætérna damnatióne erípias.
℟. Te rogámus, audi nos.

℣. Ut fructus terræ dare et conserváre dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.

℣. Ut ómnibus fidélibus defúnctis réquiem ætérnam donáre dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.

℣. Ut nos exaudíre dignéris.
℟. Te rogámus, audi nos.

℣. Fili Dei.
℟. Te rogámus, audi nos.

℣. Agnus Dei, qui tollis peccáta mundi.
℟. Parce nobis, Dómine.

℣. Agnus Dei, qui tollis peccáta mundi.
℟. Exáudi nos, Dómine.

℣. Agnus Dei, qui tollis peccáta mundi.
℟. Miserére nobis.

℣. Christe, audi nos.
℟. Christe, audi nos.

℣. Christe, exáudi nos.
℟. Christe, exáudi nos.

℣. Kýrie, eléison.
℟. Kýrie, eléison.

℣. Christe, eléison.
℟. Christe, eléison.

℣. Kýrie, eléison.
℟. Kýrie, eléison.

Pater noster

Pater noster, qui es in Cœlis, sanctificétur Nomen tuum. Advéniat Regnum tuum. Fiat Volúntas tua, sicut in Cœlo et in terra. Panem nostrum quotidiánum da nobis hódie, et dimítte nobis débita nostra, sicut et nos dimíttimus debitóribus nostris. Et ne nos indúcas in tentatiónem, sed líbera nos a malo. Amen.

Psalmus 69

Deus, in adjutórium meum inténde: Dómine, ad adjuvándum me festína.

Confundántur et revereántur, qui quærunt ánimam meam.

Avertántur retrórsum, et erubéscant, qui volunt mihi mala. Avertántur statim erubescéntes, qui dicunt mihi: Euge, euge.

Exsúltent et læténtur in te omnes qui quærunt te, et dicant semper: Magnificétur Dóminus, qui díligunt salutáre tuum.

Ego vero egénus, et pauper sum: Deus, ádjuva me. Adjútor meus et liberátor meus es tu: Dómine, ne moréris.


℣. Glória Patri, et Fílio, et Spirítui Sancto.
℟. Sicut erat in princípio, et nunc, et semper, et in sǽcula sæculórum. Amen.

℣. Salvos fac servos tuos.
℟. Deus meus, sperántes in te.

℣. Esto nobis, Dómine, turris fortitúdinis.
℟. A fácie inimíci.

℣. Nihil profíciat inimícus in nobis.
℟. Et fílius iniquitátis non appónat nocére nobis.

℣. Dómine, non secúndum peccáta nostra fácias nobis.
℟. Neque secúndum iniquitátes nostras retríbuas nobis.

℣. Orémus pro Pontífice nostro Leóne.
℟. Dóminus consérvet eum, et vivíficet eum, et beátum fáciat eum in terra, et non tradat eum in ánimam inimicórum ejus.

℣. Orémus pro benefactóribus nostris.
℟. Retribúere dignáre, Dómine, ómnibus, nobis bona faciéntibus propter nomen tuum, vitam ætérnam. Amen.

℣. Orémus pro fidélibus defúnctis.
℟. Réquiem ætérnam dona eis, Dómine, et lux perpétua lúceat eis.

℣. Requiéscant in pace.
℟. Amen.

℣. Pro frátribus nostris abséntibus.
℟. Salvos fac servos tuos, Deus meus, sperántes in te.

℣. Mitte eis, Dómine, auxílium de sancto.
℟. Et de Sion tuére eos.

℣. Dómine, exáudi oratiónem meam.
℟. Et clamor meus ad te véniat.

℣. Dóminus vobíscum.
℟. Et cum spíritu tuo.

Orémus.

Deus, cui próprium est miseréri semper et párcere; súscipe deprecatiónem nostram; ut nos, et omnes fámulos tuos, quos delictórum caténa constríngit, miserátio tuæ pietátis cleménter absólvat.

Exáudi, quǽsumus, Dómine, súpplicum preces, et confiténtium tibi parce peccátis: ut páriter nobis indulgéntiam tríbuas benígnus, et pacem.

Ineffábilem nobis, Dómine, misericórdiam tuam cleménter osténde: ut simul nos et a peccátis ómnibus éxuas, et a pœnis, quas pro his merémur, erípias.

Deus, qui culpa offénderis, pœniténtia placáris, preces pópuli tui supplicántis propítius réspice; et flagélla tuæ iracúndiæ, quæ pro peccátis nostris merémur, avérte.

Omnípotens sempitérne Deus, miserére fámulo tuo Pontífici nostro Leóni, et dírige eum secúndum tuam cleméntiam in viam salútis ætérnæ: ut, te donánte, tibi plácita cúpiat, et tota virtúte perfíciat.

Deus, a quo sancta desidéria, recta consília, et justa sunt ópera: da servis tuis illam, quam mundus dare non potest, pacem; ut et corda nostra mandátis tuis dédita, et, hóstium subláta formídine, témpora sint tua protectióne tranquílla.

Ure igne Sancti Spíritus renes nostros et cor nostrum, Dómine: ut tibi casto córpore serviámus, et mundo corde placeámus.

Fidélium, Deus, ómnium Cónditor et Redémptor: animábus famulórum famularúmque tuárum remissiónem cunctórum tríbue peccatórum; ut indulgéntiam, quam semper optavérunt, piis supplicatiónibus consequántur.

Actiónes nostras, quǽsumus, Dómine, aspirándo prǽveni, et adjuvándo proséquere: ut cuncta nostra orátio et operátio a te semper incípiat, et per te cœpta finiátur.

Omnípotens sempitérne Deus, qui vivórum domináris simul et mortuórum, omniúmque miseréris, quos tuos fide et ópere futúros esse prænóscis: te súpplices exorámus; ut, pro quibus effúndere preces decrévimus, quosque vel præsens sǽculum adhuc in carne rétinet, vel futúrum jam exútos córpore suscépit, intercedéntibus ómnibus Sanctis tuis, pietátis tuæ cleméntia, ómnium delictórum suórum véniam consequántur. Per Dóminum nostrum Jesum Christum, Fílium tuum: qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti Deus, per ómnia sǽcula sæculórum.

℟. Amen.

℣. Dóminus vobíscum.
℟. Et cum spíritu tuo.

℣. Exáudiat nos omnípotens et miséricors Dóminus.
℟. Amen.

℣. Et fidélium ánimæ per misericórdiam Dei requiéscant in pace.
℟. Amen.


LETANÍA DE LOS SANTOS

℣. Señor, ten piedad de nosotros.
℟. Señor, ten piedad de nosotros.

℣. Cristo, ten piedad de nosotros.
℟. Cristo, ten piedad de nosotros.

℣. Señor, ten piedad de nosotros.
℟. Señor, ten piedad de nosotros.

℣. Cristo, óyenos.
℟. Cristo, óyenos.

℣. Cristo, escúchanos.
℟. Cristo, escúchanos.

℣. Dios, Padre Celestial.
℟. Ten piedad de nosotros.

℣. Dios Hijo, Redentor del mundo.
℟. Ten piedad de nosotros.

℣. Dios Espíritu Santo.
℟. Ten piedad de nosotros.

℣. Santa Trinidad, que sois un solo Dios.
℟. Ten piedad de nosotros.

℣. Santa María.
℟. Ruega por nosotros.

℣. Santa Madre de Dios.
℟. Ruega por nosotros.

℣. Santa Virgen de vírgenes.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Miguel.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Gabriel.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Rafael.
℟. Ruega por nosotros.

℣. Todos los santos Ángeles y Arcángeles.
℟. Rogad por nosotros.

℣. Todos los santos coros de los espíritus bienaventurados.
℟. Rogad por nosotros.

℣. San Juan Bautista.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San José.
℟. Ruega por nosotros.

℣. Todos los santos Patriarcas y Profetas.
℟. Rogad por nosotros.

℣. San Pedro.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Pablo.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Andrés.
℟. Ruega por nosotros.

℣. Santiago [el Mayor].
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Juan.
℟. Ruega por nosotros.

℣. Santo Tomás.
℟. Ruega por nosotros.

℣. Santiago [el Menor].
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Felipe.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Bartolomé.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Mateo.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Simón.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Judas Tadeo.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Matías.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Bernabé.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Lucas.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Marcos.
℟. Ruega por nosotros.

℣. Todos los santos Apóstoles y Evangelistas.
℟. Rogad por nosotros.

℣. Todos los santos Discípulos del Señor.
℟. Rogad por nosotros.

℣. Todos los santos Inocentes.
℟. Rogad por nosotros.

℣. San Esteban.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Lorenzo.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Vicente.
℟. Ruega por nosotros.

℣. Santos Fabián y Sebastián.
℟. Rogad por nosotros.

℣. Santos Juan y Pablo.
℟. Rogad por nosotros.

℣. Santos Cosme y Damián.
℟. Rogad por nosotros.

℣. Santos Gervasio y Protasio.
℟. Rogad por nosotros.

℣. Todos los santos Mártires.
℟. Rogad por nosotros.

℣. San Silvestre.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Gregorio.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Ambrosio.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Agustín.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Jerónimo.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Martín.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Nicolás.
℟. Ruega por nosotros.

℣. Todos los santos Pontífices y Confesores.
℟. Rogad por nosotros.

℣. Todos los santos Doctores.
℟. Rogad por nosotros.

℣. San Antonio [Abad].
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Benito.
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Bernardo.
℟. Ruega por nosotros.

℣. Santo Domingo [de Guzmán].
℟. Ruega por nosotros.

℣. San Francisco [de Asís].
℟. Ruega por nosotros.

℣. Todos los santos Sacerdotes y Levitas.
℟. Rogad por nosotros.

℣. Todos los santos Monjes y Eremitas.
℟. Rogad por nosotros.

℣. Santa María Magdalena.
℟. Ruega por nosotros.

℣. Santa Ágata.
℟. Ruega por nosotros.

℣. Santa Lucía.
℟. Ruega por nosotros.

℣. Santa Inés.
℟. Ruega por nosotros.

℣. Santa Cecilia.
℟. Ruega por nosotros.

℣. Santa Catalina [de Alejandría].
℟. Ruega por nosotros.

℣. Santa Anastasia.
℟. Ruega por nosotros.

℣. Todas las santas Vírgenes y Viudas.
℟. Rogad por nosotros.

℣. Todos los Santos y Santas de Dios.
℟. Interceded por nosotros.

℣. Senos propicio.
℟. Perdónanos, Señor.

℣. Senos propicio.
℟. Escúchanos, Señor.

℣. De todo mal.
℟. Líbranos, Señor.

℣. De todo pecado.
℟. Líbranos, Señor.

℣. De tu ira.
℟. Líbranos, Señor.

℣. De súbita e imprevista muerte.
℟. Líbranos, Señor.

℣. De las asechanzas del diablo.
℟. Líbranos, Señor.

℣. De la ira, del odio y de toda mala voluntad.
℟. Líbranos, Señor.

℣. Del espíritu de fornicación.
℟. Líbranos, Señor.

℣. De relámpagos y tempestades.
℟. Líbranos, Señor.

℣. Del flagelo de los terremotos.
℟. Líbranos, Señor.

℣. De la peste, del hambre y de la guerra.
℟. Líbranos, Señor.

℣. De la muerte eterna.
℟. Líbranos, Señor.

℣. Por el misterio de tu santa Encarnación.
℟. Líbranos, Señor.

℣. Por tu Advenimiento.
℟. Líbranos, Señor.

℣. Por tu Natividad.
℟. Líbranos, Señor.

℣. Por tu Bautismo y tu santo Ayuno.
℟. Líbranos, Señor.

℣. Por tu Cruz y Pasión.
℟. Líbranos, Señor.

℣. Por tu Muerte y Sepultura.
℟. Líbranos, Señor.

℣. Por tu santa Resurrección.
℟. Líbranos, Señor.

℣. Por tu admirable Ascensión.
℟. Líbranos, Señor.

℣. Por la venida del Espíritu Santo Paráclito.
℟. Líbranos, Señor.

℣. En el día del Juicio.
℟. Líbranos, Señor.

℣. Nosotros, pecadores.
℟. Te rogamos, óyenos.

℣. Para que nos perdones.
℟. Te rogamos, óyenos.

℣. Para que concedas tu indulgencia.
℟. Te rogamos, óyenos.

℣. Para que te dignes conducirnos a la verdadera penitencia.
℟. Te rogamos, óyenos.

℣. Para que te dignes regir y conservar a tu Santa Iglesia.
℟. Te rogamos, óyenos.

℣. Para que te dignes conservar en la santa religión al Sumo Pontífice y a todos los grados de la jerarquía eclesiástica.
℟. Te rogamos, óyenos.

℣. Para que te dignes humillar a los enemigos de la Santa Iglesia.
℟. Te rogamos, óyenos.

℣. Para que te dignes conceder la paz y la verdadera concordia entre los reyes y los príncipes cristianos.
℟. Te rogamos, óyenos.

℣. Para que te dignes conceder la paz y la unidad a todo el pueblo cristiano.
℟. Te rogamos, óyenos.

℣. Para que te dignes llamar a la unidad de la Iglesia a los que están en el error, y conducir a todos los infieles hacia la luz del Evangelio.
℟. Te rogamos, óyenos.

℣. Para que te dignes confortarnos y conservarnos en tu santo servicio.
℟. Te rogamos, óyenos.

℣. Para que eleves nuestro espíritu hacia los deseos celestiales.
℟. Te rogamos, óyenos.

℣. Para que concedas a nuestros bienhechores la recompensa de los bienes eternos.
℟. Te rogamos, óyenos.

℣. Para que libres de la condenación eterna nuestras almas, y las de nuestros hermanos, parientes y bienhechores.
℟. Te rogamos, óyenos.

℣. Para que te dignes darnos y conservar las cosechas de la tierra.
℟. Te rogamos, óyenos.

℣. Para que te dignes conceder el descanso eterno a todos los Fieles difuntos.
℟. Te rogamos, óyenos.

℣. Para que te dignes escucharnos.
℟. Te rogamos, óyenos.

℣. Hijo de Dios.
℟. Te rogamos, óyenos.

℣. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo.
℟. Perdónanos, Señor.

℣. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo.
℟. Escúchanos, Señor.

℣. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo.
℟. Ten piedad de nosotros.

℣. Cristo, óyenos.
℟. Cristo, óyenos.

℣. Cristo, escúchanos.
℟. Cristo, escúchanos.

℣. Señor, ten piedad de nosotros.
℟. Señor, ten piedad de nosotros.

℣. Cristo, ten piedad de nosotros.
℟. Cristo, ten piedad de nosotros.

℣. Señor, ten piedad de nosotros.
℟. Señor, ten piedad de nosotros.

Padre nuestro

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

Salmo 70 (69)

Dios mío, ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme.

Queden confundidos y avergonzados *los que buscan mi vida;

vuelvan la espalda sonrojados *los que me desean el mal.

Retírense al punto avergonzados *los que se burlan diciendo: «¡Bien, bien!».

Salten de gozo y alégrense en ti todos los que te buscan, *
y digan siempre: «Dioses grande» los que aman tu salvación.

Yo, en cambio, soy pobre y desgraciado: * oh Dios, ayúdame; tú eres mi auxilio y mi libertador: * ¡Señor, no tardes!


℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, y ahora, y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

℣. Salva a tus siervos.
℟. Que esperan en ti, Dios mío.

℣. Sé para nosotros, oh Señor, una torre de fortaleza.
℟. Ante los enemigos.

℣. Que nuestros enemigos no prevalezcan sobre nosotros.
℟. Y que el hijo de la iniquidad no tenga poder para dañarnos.

℣. No nos trates, Señor, como lo merecemos por los pecados que hemos cometido.
℟. Ni nos castigues con arreglo a nuestras iniquidades.

℣. Oremos por nuestro Pontífice León.
℟. El Señor lo conserve y vivifique, y lo haga feliz en la tierra, y no lo entregue en las manos de sus enemigos.

℣. Oremos por nuestros bienhechores.
℟. Dígnate, Señor, por el honor de tu Nombre, remunerar con la vida eterna a todos nuestros bienhechores. Amén.

℣. Oremos por los Fieles difuntos.
℟. Dales, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la luz perpetua.

℣. Descansen en paz.
℟. Amén.

℣. Por nuestros hermanos ausentes.
℟. Salva a tus siervos, Dios mío, que esperan en ti.

℣. Envíales tu auxilio, Señor, desde tu Santuario.
℟. Y protégelos desde Sión.

℣. Señor, escucha mi oración.
℟. Y llegue a ti mi clamor.

℣. El Señor esté con vosotros.
℟. Y con tu espíritu.

Oremos.

Oh Dios, de quien es propio compadecerse siempre y perdonar: acoge nuestra súplica, para que la compasión de tu bondad nos absuelva clemente a nosotros y a todos tus siervos, a quienes ata la cadena de los delitos.

Escucha, Señor, te rogamos, las preces de los que te suplican, y perdona los pecados de los que se confiesan ante ti, para que, benigno, nos concedas a la vez el perdón y la paz.

Muéstranos, Señor, clemente, tu inefable misericordia, para que a un tiempo nos despojes de todos los pecados y nos libres de las penas que por ellos merecemos.

Oh Dios, a quien ofende la culpa y aplaca la penitencia: mira propicio las preces de tu pueblo suplicante, y aparta los azotes de tu ira, que por nuestros pecados merecemos.

Dios omnipotente y eterno, compadécete de tu siervo, nuestro Pontífice León, y dirígelo según tu clemencia por el camino de la salvación eterna, para que, con tu don, desee lo que te agrada y lo cumpla con todas sus fuerzas.

Oh Dios, de quien proceden los santos deseos, los rectos consejos y las obras justas: da a tus siervos aquella paz que el mundo no puede dar, para que nuestros corazones se entreguen a tus mandamientos y, quitado el temor de los enemigos, los tiempos sean tranquilos bajo tu protección.

Abrasa, Señor, con el fuego del Espíritu Santo nuestras entrañas y nuestro corazón, para que te sirvamos con cuerpo casto y te agrademos con corazón limpio.

Oh Dios, Creador y Redentor de todos los fieles: concede a las almas de tus siervos y siervas la remisión de todos sus pecados, para que, por nuestras piadosas súplicas, alcancen el perdón que siempre desearon.

Prevén, Señor, te rogamos, nuestras acciones con tu inspiración y acompáñalas con tu ayuda, para que toda nuestra oración y obra comience siempre por ti y, comenzada, por ti se acabe.

Dios omnipotente y eterno, que eres Señor a la vez de los vivos y de los muertos, y te compadeces de todos los que prevés que serán tuyos por la fe y las obras: te suplicamos humildemente que aquellos por quienes hemos determinado derramar nuestras preces, ya los retenga aún en la carne este siglo presente, ya, despojados del cuerpo, los haya recibido el venidero, alcancen, por la intercesión de todos tus Santos y la clemencia de tu bondad, el perdón de todos sus pecados. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por todos los siglos de los siglos.

℟. Amén.

℣. El Señor esté con vosotros.
℟. Y con tu espíritu.

℣. Escúchenos el Señor omnipotente y misericordioso.
℟. Amén.

℣. Y las almas de los fieles, por la misericordia de Dios, descansen en paz.
℟. Amén.