31 de octubre de 2026

Oración de perdón (mi versión personal)

 Oración de perdón católica para quienes nos ofenden. Dos propuestas de oración de perdón: 

Oración de perdón breve

Se reza por cada una de las personas que nos han herido. En lugar de N. se dice su nombre. Esta oración está basada en la Oración de perdón del P. Javier Luzón en su obra las Seis puertas del enemigo. Aunque está sustancialmente cambiada,

 

† En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Señor Dios nuestro, † te alabo y te bendigo por N., criatura tuya, redimida con la Sangre preciosa de tu Hijo.

Por amor a ti, que me has perdonado primero, PERDONO de corazón a N. todo cuanto me ha ocasionado queja, distancia o rechazo. Con tu gracia ACEPTO a N. y lo bendigo.

† Dale, Señor, a N. tu gracia eficaz, para que se convierta a ti y me PERDONE cuanto haya encontrado en mí de motivo de queja o rechazo.

PERDÓNAME, Señor, por cuanto en mí no ha sido hacia N. según tu amor. Dame recibir tu perdón con paz y humildad, y ayúdame a PERDÓNARME a mí mismo por todo ello.

† Señor Jesucristo, que con tu Cruz venciste al demonio: aparta de N. y de mí toda influencia del maligno, y no permitas que le demos lugar.

Todo lo pongo a los pies de tu Cruz.

Santa María, que al pie de la Cruz te uniste perfectamente a la ofrenda de tu Hijo al Padre y perdonaste a los pecadores, causa de su pasión y muerte, ruega por nosotros para que perdonemos de corazón.

†Padre, perdona nuestras ofensas (deudas), como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden (deudores).

Perdón, Señor, Gracias, Señor. Amén.

 

Algunos cambios frente a la original del Padre Javier Luzón (seis puertas del enemigo)

«Inocente». Lo he sustituido por «le remito toda deuda», que es lo que el perdón hace propiamente.

«Ataduras». Las he reemplazado por «toda influencia del maligno» y he añadido el apoyo de Ef 4,27. La súplica se dirige a Cristo, no al demonio.

«Perdonarme a mí mismo». Ahora dice «recibir tu perdón con humildad y paz».

«Sana, según tu voluntad». Evita presentar la curación como efecto garantizado, en la línea de la Instrucción de la CDF de 2000.

«Porque tú me has perdonado primero». Pone el perdón propio bajo el perdón recibido de Dios, como en Mt 18,23-35 y Col 3,13.

Señal de la cruz, invocaciones finales y Padrenuestro. Esto ya es opinión mía. La señal de la cruz enmarca la oración. Invocar a la Virgen y a San Miguel es costumbre tradicional en oraciones contra el maligno. El Padrenuestro contiene la petición «perdona nuestras ofensas como también nosotros

 

 

 

Versión larga

+ En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Señor Dios nuestro, te alabo y te bendigo por N., criatura tuya, hecha a tu imagen y redimida con la Sangre preciosa de tu Hijo.

Por amor a ti, y porque tú me has perdonado primero, perdono a N. por todo cuanto me ha ocasionado queja, distancia o rechazo hacia su persona.

Con tu gracia, Señor, acepto a N. y lo bendigo, como tú mandaste: «Bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian» (Lc 6,28).

+ Dale, Señor, a N. tu gracia eficaz, para que se convierta a ti en todo. Concédele que me perdone por todos los motivos de rechazo o de queja que haya encontrado en mí.

Perdóname, Señor, por mi mala actitud y falta de caridad hacia N., por el rencor consentido y por mi tardanza en perdonar.

Sana, según tu voluntad, las heridas que yo no alcanzo a curar. Dame la gracia de recibir tu perdón con paz y humildad. Dame la gracia eficaz de que perdone de corazón (Mt 18,35) sabiendo que es un acto de la voluntad y no del sentimiento.

Perdóname mi resistencia a perdonar, y líbrame de sus consecuencias. Ayúdame a perdonarme a mí mismo por todo ello.

+ Señor Jesucristo, que con tu Cruz venciste al demonio: por tu Sangre preciosa, aparta de N. y de mí toda influencia del maligno que estas ofensas hayan podido ocasionar. No permitas que le demos lugar (cf. Ef 4,27).

Todo lo pongo a los pies de tu Cruz.

Santa María, que con tu ejemplo de perfecta virtud perdonaste a quienes crucificaban a tu Hijo en la Cruz, ruega por nosotros.

Padre, perdona nuestras ofensas (deudas), como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden (deudores).

Gracias, Señor. Perdón, Señor.

Amén.

 

 

Oración de perdón del Padre Javier Luzón (Seis puertas del enemigo)

Oraciones de sanación interior Oración breve de sanación por el perdón Conviene recitar esta oración por cada una de las personas que se vaya descubriendo con la ayuda del Espíritu Santo, que han influido negativamente en la propia vida, desde el momento de la concepción. Puede ser que ya se las haya perdonado conscientemente, pero es recomendable hacerla también para pedir a Dios que sane las posibles heridas que hayan podido quedar en el inconsciente o en el subconsciente.

✠ Te ALABO y te BENDIGO, Señor, por tu criatura N --.

PERDONO, Señor, a N------- por todo cuanto me ha ocasionado queja, distancia o rechazo hacia su persona. Con tu gracia, Señor,

ACEPTO a N ---- --. Lo bendigo y declaro libre e inocente de toda deuda conmigo.

✠ Dale a N, Señor, la gracia eficaz para que ME PERDONE por todos los motivos de rechazo o de queja que haya encontrado en mí. PERDÓNAME, Señor, por cuanto en mí no ha sido hacia esta persona según tu amor, y ayúdame a PERDONARME A MÍ mismo por todo ello.

✠ Pido a nuestro Señor Jesucristo que corte cualquier ATADURA que el maligno haya dejado en N----- y en mí como consecuencia de estas acciones y pongo esa atadura a los pies de la Cruz de Cristo. Gracias, Señor. A

MÉN, AMÉN, AMÉN.


San Juan Gualberto y el perdón del Viernes Santo

Perdón de San Juan Gualberto

Juan Gualberto nació en Florencia hacia el año 995, en una familia noble, y se formó como caballero. Su único hermano fue asesinado, y él, según la costumbre de la venganza de sangre, se propuso matar al culpable. Un Viernes Santo lo encontró en un paso estrecho del que no podía escapar. Desenvainó la espada, pero el hombre se arrodilló con los brazos en cruz y le pidió perdón por amor a Cristo crucificado. Al ver aquella figura de la Cruz, Juan bajó del caballo, lo abrazó y lo perdonó.

La tradición cuenta que después entró a rezar en la iglesia de San Miniato al Monte. Al arrodillarse ante el crucifijo, le pareció que Cristo inclinaba la cabeza en señal de aprobación. Aquel perdón fue el principio de su conversión: dejó las armas, se hizo monje benedictino y fundó el monasterio de Vallombrosa, donde restauró la observancia estricta de la Regla de San Benito. Combatió la simonía y murió en 1073. Su fiesta es el 12 de julio.



Oración de liberación (P. Gabriel Amorth)

 Oración de liberación

(también conocidas como Plegaria de liberación)

La siguiente oración se atribuye al P. Gabriel Amorth[1] (exorcista de la diócesis Roma)

Oh Señor, tú eres grande, tú eres Dios, tú eres Padre: te rogamos, por la intercesión de María Santísima[2] y con la ayuda de los arcángeles San Miguel, San Rafael y San Gabriel, que nuestros hermanos y hermanas sean liberados del Maligno que los ha esclavizado. Santos todos, venid en nuestra ayuda[3].

℣. De la angustia, de la tristeza y de las obsesiones, ℟. te rogamos: líbranos, Señor.
℣. Del odio, de la fornicación y de la envidia, ℟. te rogamos: líbranos, Señor.
℣. De los pensamientos de celos, de ira[4] y de muerte, ℟. te rogamos: líbranos, Señor.
℣. De todo pensamiento de suicidio y de aborto, ℟. te rogamos: líbranos, Señor.
℣. De toda forma de sexualidad desordenada[5], ℟. te rogamos: líbranos, Señor.
℣. De la división de la familia y de toda amistad mala, ℟. te rogamos: líbranos, Señor.
℣. De toda forma de maleficio, de hechizo[6], de brujería y de cualquier mal oculto, ℟. te rogamos: líbranos, Señor.

Oh Señor, que dijiste: «La paz os dejo, mi paz os doy» (Jn 14, 27), por la intercesión de la Virgen María concédenos ser liberados de toda maldición y gozar siempre de tu paz. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Madonna del Soccorso


Versión original en italiano

Preghiera di Liberazione

O Signore, tu sei grande, tu sei Dio, tu sei Padre, noi ti preghiamo per l’intercessione e con l’aiuto degli arcangeli Michele, Gabriele, Raffaele, perché i nostri fratelli e sorelle siano liberati dal maligno.

Dall’angoscia, dalla tristezza, dalle ossessioni. Noi ti preghiamo: liberaci, o Signore!

Dall’odio, dalla fornicazione, dall’invidia. Noi ti preghiamo: liberaci, o Signore!

Dai pensieri di gelosia, di rabbia, di morte. Noi ti preghiamo: liberaci, o Signore!

Da ogni pensiero di suicidio e di aborto. Noi ti preghiamo: liberaci, o Signore!

Da ogni forma di sessualità cattiva. Noi ti preghiamo: liberaci, o Signore!

Dalla divisione di famiglia, da ogni amicizia cattiva. Noi ti preghiamo: liberaci, o Signore!

Da ogni forma di maleficio, di fattura, di stregoneria e da qualsiasi male occulto. Noi ti preghiamo: liberaci, o Signore! Preghiamo

O Signore che hai detto: “Vi lascio la pace, vi do la mia pace”, per l’intercessione della Vergine Maria, concedici di essere liberati da ogni maledizione e di godere sempre della tua pace. Per Cristo nostro Signore. Amen.

 



[1] Gabriele Amorth (Módena, 1925 – Roma, 2016) fue sacerdote de la Sociedad de San Pablo (paulinos) y exorcista de la diócesis de Roma desde 1986. Fundó en 1990 la Asociación Internacional de Exorcistas y escribió libros muy difundidos sobre la materia, como Un esorcista racconta (1990).

[2] En la invocación inicial algunas versiones italianas dicen solo «por la intercesión y con la ayuda de los arcángeles» y no mencionan a María al principio

[3] O Santi tutti, venite in nostro aiuto.

[4] Rabbia se puede traducir “rabia”, pero «ira» es el término moral clásico, el del pecado capital

[5] «sexualidad mala» calca sessualità cattiva. En español sonaría mejor «sexualidad desordenada», aunque se aleja algo de la literalidad.

[6] «hechizo» traduce fattura, que en italiano tiene el sentido más técnico de maleficio encargado. «Hechizo» es aceptable.

Oración contra el maleficio (la del “ritual griego”)

 Oración contra el maleficio (la del “ritual griego”, que contiene el pasaje de Babilonia)



Kýrie eléison (X3)

Dios nuestro Señor, oh Soberano de los siglos, omnipotente y todopoderoso, Tú que lo has hecho todo y que lo transformas todo con Tu sola Voluntad; Tú que en Babilonia transformaste en rocío la llama del horno siete veces más ardiente y que protegiste y salvaste a tus tres niños santos. Tú que eres Doctor y Médico de nuestras almas; Tú que eres la Salvación de aquellos que se dirigen a Ti, te pedimos y te invocamos, haz vana, expulsa y pon en fuga toda potencia diabólica, toda presencia y maquinación satánica, toda influencia maligna y todo maleficio o mal de ojo de personas maléficas y malvadas realizados sobre tu siervo … haz que, en cambio, de la envidia y el maleficio obtenga abundancia de bienes, fuerza, éxito y caridad.

Tú, Señor, que amas a todos los hombres, extiende Tus Manos poderosas y Tus Brazos altísimos y potentes y ven a socorrer y visita esta imagen tuya, mandando sobre ella al ángel de la paz, fuerte y protector del alma y del cuerpo, que mantendrá alejado y expulsará a cualquier fuerza malvada, todo envenenamiento y hechicería de personas corruptoras y envidiosas: de modo que debajo de Ti tu suplicante protegido te cante con gratitud:

“El Señor es mi Salvador y no tendré temor de lo que pueda hacerme el hombre. No tendré temor del mal porque Tú estás conmigo, Tú eres mi Dios, mi fuerza, mi poderoso Señor, Señor de la paz, Padre de los siglos futuros”.

Sí, Señor Dios nuestro, ten compasión de Tu imagen y salva a tu siervo … de todo daño o amenaza procedente del maleficio, y protégelo poniéndolo por encima de todo mal; por la intercesión de la más Bendita, gloriosa Señora, la Madre de Dios y siempre Virgen María, de los resplandecientes arcángeles y de todos los Santos. Amén.

Corona franciscana: como se reza e historia

Oración Corona franciscana

MODO DE REZAR LA CORONA FRANCISCANA

Corona franciscana. 7 decenas de 10 cuentas


Comienzo:

A) Persignarse: Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos…

B) Santiguarse: En el Nombre del Padre…

C) Acto de contrición: Señor mío Jesucristo...

Advertencia: En vez de los cinco decenas del Rosario, son siete misterios:

1.      Primer Misterio o Alegría de la Virgen: LA ENCARNACIÓN DEL HIJO DE DIOS.—Un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria Patri.

2.      Segundo Misterio o Alegría: LA VISITACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN A su prima SANTA ISABEL.—Un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria Patri.

3.      Tercer Misterio o Alegría: EL NACIMIENTO DEL HIJO DE DIOS.—Un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria Patri.

4.      Cuarto Misterio o Alegría: LA ADORACIÓN DE LOS REYES MAGOS.—Un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria Patri.

5.      Quinto Misterio o Alegría: EL HALLAZGO DEL NIÑO JESÚS EN EL TEMPLO.—Un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria Patri.

6.      Sexto Misterio o Alegría: LA TRIUNFANTE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR.—Un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria Patri.

7.      Séptimo Misterio o Alegría: LA ASUNCIÓN Y CORONACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN.—Un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria Patri.

Rezo por el Romano Pontífice

Letanías lauretanas



** ** **

Origen:

(Del devocionario franciscano, Vamos tras Él)

ORIGEN DE ESTA DEVOCION. — La Corona Franciscana o de las Siete Alegrías tiene un bellísimo origen. Refieren las Crónicas de la Orden Seráfica que en el año 1422 un piadoso joven que, por su tierna devoción a María Santísima, solía tejer una guirnalda de flores y coronar con ella una imagen de la Virgen, habiendo entrado de novicio en dicha Orden, y no siéndole posible tributar este filial obsequio a María, determinó volver al mundo. No quiso hacerlo sin despedirse de una imagen de la Virgen que se veneraba en el convento, y, al hacerlo, aparecióesele la Reina de los Ángeles, consolándole y confirmándole en la vocación religiosa. Díjole, entonces, que en lugar de la corona de flores terrenas le tejiese en adelante otra de flores que no se marchitan, rezando cada día un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria Patri por cada una de las principales alegrías que ella tuvo en la tierra.

Consolado el joven novicio, empezó luego esta nueva devoción, y al practicarla un día en su celda, el Padre Maestro de novicios, observándole a escondidas, reparó que esta Ángel, que esta ba con el novicio, a cada Avemaría que éste rezaba, en un hilo de oro que tenía en la mano ensartaba el ángel una rosa, y después de cada decenario de rosas una azucena de oro; de cuyas hermosas flores, compuesta una corona, la ponía en la cabeza del novicio. Pasada la visión, preguntó el Maestro al novicio qué devoción había rezado, y respondióle que había rezado la Corona en la forma que le había enseñado María Santísima, con lo que entendió el Maestro el secreto de lo que había visto.

Se añaden a continuación dos Avemarías para completar el número de setenta y dos, en memoria de los setenta y dos años que se dice vivió la Santísima Virgen en la tierra; y luego un Padre nuestro a intención del Sumo Pontífice, terminando con el rezo de las Letanías Lauretanas.



INDULGENCIAS. — Cuantas personas lleven el cordón franciscano ganan tantas indulgencias plenarias cuantas veces rezaren la Corona, sin necesidad de confesarse y comulgar, estando para ello en gracia de Dios.

Los que no lleven el cordón franciscano ganan las indulgencias plenarias citadas siempre que rezaren en compañía de alguien que ciña el cordón franciscano, o recen en las funciones de iglesias franciscanas. La ganan asimismo en las fiestas de cada una de las Alegrías de la Virgen; en las fiestas principales de María; una vez al mes, con sólo rezar la Corona los sábados; en la hora de la muerte, etc.. Las indulgencias parciales concedidas a la Corona franciscana son muchísimas, incluso las propias de los rosarios crucíferos.

ADVERTENCIA. — No se requiere que el rezo de la Corona se haga de una vez, sino que pueden distribuirse los Misterios por el día; ni es necesario meditar en dichos Misterios o Alegrías; ni tener la Corona en la mano; lo cual hacilísimo el rezo de esta devoción.

 

24 de febrero de 2026

Un breve catecismo sobre la limosna T. S. Flanders

 


Resumen introductorio:

La limosna es una de las tres grandes obras penitenciales junto con la oración y el ayuno, y la define como toda obra de misericordia —espiritual o corporal— realizada por amor de Dios para socorrer una necesidad real.

Apoyándose principalmente en Santo Tomás de Aquino, sostiene que la limosna no es solo un consejo opcional, sino un precepto cuando concurren dos condiciones: que el necesitado se halle en necesidad grave y que el donante posea bienes superfluos. No se exige dar de lo necesario para la propia subsistencia o la de la familia, pero sí de lo que excede las propias necesidades. En casos ordinarios, la obligación disminuye según la gravedad de la necesidad y los recursos disponibles.

Las obras espirituales de misericordia son superiores a las corporales, salvo cuando existe una urgencia material inmediata (por ejemplo, alimentar al hambriento antes que instruirlo). La limosna tiene además efectos espirituales: remite la pena temporal de los pecados ya confesados, obtiene gracia y constituye una forma de satisfacción especialmente poderosa.

Finalmente, se afirma que los bienes materiales, aunque sean de propiedad privada, están ordenados por Dios al bien común; por tanto, el superfluo no se posee para uso exclusivo, sino también en función de las necesidades del prójimo.

 

(A continuación, artículo completo)

Un breve catecismo sobre la limosna

 

T. S. Flanders
23 de marzo de 2020

https://onepeterfive.com/almsgiving-catechism/

Durante el Gran Ayuno de Cuaresma, se exhorta a los fieles a hacer penitencia. Las tres grandes obras de penitencia son la oración, el ayuno y la limosna.[1] En este artículo definiremos la penitencia de la limosna en forma de un breve catecismo.

¿Qué son las limosnas?

Las limosnas son «toda obra de misericordia espiritual o corporal» [2]. Prümmer define la limosna como «una obra de misericordia por la cual damos algo al necesitado por amor de Dios» [3].

En el Evangelio, Nuestro Señor habla de dar limosna (Mt 6,3) y las palabras son ποιοῦντος ἐλεημοσύνην. Literalmente significa «hacer misericordia» (poiountos eleemosynen), utilizando la misma raíz que en la súplica Kyrie eleison — Señor, ten misericordia.

¿Qué es un acto de misericordia?

Santo Tomás explica:

Se dice que alguien es misericordioso (misericors) como si tuviera, por así decir, un corazón compasivo (miserum cor); es decir, afectado por el dolor ante la miseria ajena como si fuera propia. De ahí se sigue que procura disipar la miseria del otro como si fuera la suya; y este es el efecto de la misericordia (S. Th. I, q21, a3; cf. I-II, q69, a3).

Así, «el motivo para dar limosna es socorrer a quien está en necesidad» (S. Th. II-II, q32, a1). Puesto que «la misericordia es un efecto de la caridad», la limosna es «un acto de caridad mediante la misericordia» (ibid.).

¿Cuáles son las obras de misericordia?

Las siete obras de misericordia espirituales son:

  • Dar buen consejo al que lo necesita
  • Enseñar al que no sabe
  • Corregir al que yerra
  • Consolar al triste
  • Perdonar las ofensas
  • Sufrir con paciencia los defectos del prójimo
  • Rogar a Dios por vivos y difuntos

Las siete obras de misericordia corporales son:

  • Dar de comer al hambriento
  • Dar de beber al sediento
  • Vestir al desnudo
  • Dar posada al peregrino
  • Visitar a los enfermos
  • Visitar a los encarcelados
  • Enterrar a los muertos

¿Son las obras corporales mayores que las espirituales?

No. Santo Tomás afirma que las obras espirituales de misericordia superan a las corporales en casi todos los aspectos, salvo cuando un pobre sufre una necesidad corporal urgente. En ese caso, las corporales son preferibles, pues «al hambriento se le debe alimentar antes que instruir» (S. Th. II-II, q32, a5). Dado que los actos de misericordia se ordenan a la necesidad del prójimo, en cada caso debe atenderse primero la necesidad más urgente.

¿Están los católicos obligados a dar limosna a los necesitados?

Santo Tomás examina si la limosna es precepto o consejo [4]. Responde que es precepto:

Algunos son castigados eternamente por omitir dar limosna, como se ve en Mt 25,41-43. Luego la limosna es materia de precepto.

Como el amor al prójimo es materia de precepto, todo lo que sea condición necesaria para amar al prójimo también es materia de precepto. Ahora bien, el amor al prójimo exige no solo desearle el bien, sino hacérselo, según 1 Jn 3,18: No amemos de palabra ni de lengua, sino con obras y de verdad. Y para hacer el bien al prójimo debemos socorrer sus necesidades: esto se realiza mediante la limosna. Luego la limosna es materia de precepto.

El Catecismo Romano confirma esta enseñanza:

En el último día, Dios condenará y entregará al fuego eterno a quienes hayan omitido y descuidado el deber de dar limosna; mientras que alabará e introducirá en su patria celestial a quienes hayan ejercido misericordia con los pobres.[5]

¿Estamos obligados a dar a todos los necesitados?

No. Santo Tomás observa que estamos obligados a amar a todos los hombres por igual en cuanto a la benevolencia (desearles el bien), pero solo podemos amar con obras (beneficencia) a quienes están cerca, pues «no podemos hacer el bien a todos» (S. Th. II-II, q26, a6). Por tanto, «no estamos obligados a socorrer a todos los necesitados, sino solo a aquellos que no podrían ser socorridos si nosotros no los socorriésemos» (II-II, q32, a5).

¿Debemos dar limosna de lo necesario para nosotros y nuestras familias?

No. Dice Santo Tomás:

Es totalmente erróneo dar limosna de lo que nos es necesario en este sentido; por ejemplo, si un hombre se encontrara ante un caso urgente y tuviera solo lo suficiente para sostenerse a sí mismo, a sus hijos o a otros bajo su cuidado, estaría poniendo en peligro su propia vida y la de los demás si diera en limosna aquello que en ese momento le es necesario (S. Th. II-II, q32, a6).

Por tanto, la limosna debe darse de lo que excede nuestras necesidades. Prümmer lo resume así:

Cuanto mayor sea la necesidad del prójimo y más abundantes los recursos del donante, tanto mayor es la obligación de este de dar limosna. Por el contrario, cuanto menos grave sea la necesidad del prójimo y menores los recursos del donante, tanto menos urgente es su obligación.[6]

Santo Tomás señala las circunstancias en las que omitir la limosna constituye pecado mortal:

Hay un momento en que pecamos mortalmente si omitimos dar limosna: por parte del necesitado, cuando vemos que su necesidad es manifiesta y urgente, y que no es probable que sea socorrido de otro modo; por parte del donante, cuando posee bienes superfluos que no necesita en ese momento, según un juicio prudente (II-II, q32, a5).

Esto se debe a que, como dice el Apóstol, quien no cuida de los suyos es peor que un infiel (1 Tim 5,8). Así, «estamos obligados a dar limosna de nuestros bienes superfluos, así como a socorrer a quien se halla en necesidad extrema; fuera de estos casos, la limosna, como cualquier otro bien mayor, es materia de consejo» (II-II, q32, a5). San Alfonso afirma que basta dar el 2% de todo ingreso superfluo.[7]

Santo Tomás añade que solo en un caso extremo, cuando el bien común esté amenazado, podría uno dar incluso de lo necesario, «pues el bien común debe preferirse al propio» (II-II, q32, a6).

Sin embargo, si apenas ganamos lo suficiente para nuestras necesidades básicas, es loable (aunque no obligatorio) trabajar para aliviar a los pobres. El Catecismo Romano dice:

Si no podemos dar a quienes dependen de la caridad ajena para su sustento, es acto de piedad cristiana, y también medio para evitar la ociosidad, procurarnos con nuestro trabajo lo necesario para el alivio de los pobres.[8]

Pègues observa además que quienes poseen grandes recursos tienen obligaciones adicionales:

Aunque no exista una necesidad urgente de ayudar al prójimo, ¿hay alguna obligación estricta y grave de emplear los bienes espirituales y temporales recibidos en superabundancia de Dios para mejorar al prójimo o a la sociedad?

Sí; quien ha recibido bienes espirituales y temporales en superabundancia de Dios está obligado en conciencia a obrar de ese modo.[9]

¿Cuál es el efecto espiritual de la limosna?

El Catecismo Romano enseña que la limosna es una «medicina adecuada para curar las heridas del alma» [10] y cita la Escritura, que habla de la recompensa espiritual de la limosna, como Tob 12,9: Porque la limosna libra de la muerte, purga los pecados y hace hallar misericordia y vida eterna.

Spirago enumera numerosos beneficios: remisión de los pecados, recompensa eterna, bendiciones temporales, salud corporal, respuesta a las oraciones y obtención de las oraciones de los pobres, cuyas «oraciones tienen gran poder ante Dios» [11]. Santo Tomás afirma además que la satisfacción obtenida por la limosna es mayor que la que se alcanza mediante la oración y el ayuno.[12]

¿Qué sucede con aquellos que parecen verse perjudicados por la limosna?

Santo Tomás considera el caso de quien pide limosna para pecar:

No debemos ayudar al pecador en cuanto pecador, es decir, fomentando su pecado, sino en cuanto hombre, sosteniendo su naturaleza (II-II, q32, a6).

Spirago añade, combinando prudencia y misericordia:

Dar a quienes se sabe que son ociosos y dados a la bebida es alentarlos en el pecado; pero es mejor errar por exceso de caridad que por exceso de severidad… Así como todos los náufragos son recibidos en el puerto sin distinción, así tampoco debemos erigirnos en jueces de quienes han caído en la pobreza, sino apresurarnos a ayudarlos en su desgracia.[13]

¿Por qué estoy obligado a dar mi superfluo si me pertenece?

Santo Tomás responde a esta objeción:

Objeción: es lícito a cada uno usar y conservar lo que es suyo. Pero si lo conserva no dará limosna. Luego es lícito no dar limosna, y por tanto no es precepto.

Respuesta: Los bienes temporales que Dios nos concede son nuestros en cuanto a la propiedad, pero en cuanto al uso no nos pertenecen solo a nosotros, sino también a aquellos a quienes podemos socorrer con lo que excede nuestras necesidades. Por eso dice San Basilio:

«Si reconoces que tus bienes temporales vienen de Dios, ¿es Él injusto por repartirlos desigualmente? ¿Por qué eres rico mientras otro es pobre, sino para que tú tengas el mérito de una buena administración y él la recompensa de la paciencia? Es el pan del hambriento el que retienes; es el manto del desnudo el que guardas; es el calzado del descalzo el que dejas pudrir; es el dinero del necesitado el que entierras: así perjudicas a tantos cuantos podrías ayudar.»

San Ambrosio se expresa en el mismo sentido.

Así, los santos afirman el principio común —como observa Cahill— de que «Dios ha ordenado los bienes materiales para satisfacer las necesidades de todos» [14]. Por tanto, incluso la propiedad privada puede quedar sujeta a la obligación de la limosna en las circunstancias expuestas arriba.

--

[1] Catecismo de San Pío X, Satisfacción y Penitencia, pregunta 605.

[2] Ibíd., pregunta 608.

[3] Dominic Prümmer, Manual de Teología Moral (1957), n.º 226.

[4] Un precepto es un mandato divino que obliga al católico bajo pena de pecado mortal. Un consejo se deja a la libre elección del alma individual, por ejemplo, los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia.

[5] Catecismo Romano, III, 7: «No robarás».

[6] Prümmer, lugar citado.

[7] Ibíd.

[8] Catecismo Romano, lugar citado.

[9] R. P. Thomas Pègues, Catecismo de la Suma Teológica (1922), II-II, 3.9.24.

[10] Catecismo Romano, IV, 5: «Perdónanos como…».

[11] P. Francis Spirago, El Catecismo explicado (1899), II-A, 3.5.

[12] Ibíd.

[13] Spirago, lugar citado.

[14] Rev. E. Cahill, S.J., The Framework of a Christian State (reimpresión de Roman Catholic Books, 1932), p. 40.

 

Ayuno (II) Ayuno como virtud

 


Resumen introductorio:

El ayuno corporal es una virtud necesaria para la santidad, y su abandono ha debilitado gravemente la vida espiritual. Según la doctrina tradicional sobre los efectos del Pecado Original, aunque el Bautismo borra la culpa, permanece la concupiscencia: una inclinación al mal que se manifiesta en el oscurecimiento del entendimiento, la debilidad de la voluntad y la tendencia de los apetitos sensibles —especialmente el concupiscible— a someter la razón. De este desorden brotan principalmente la gula y la lujuria.

El ayuno actúa directamente sobre ese punto débil: al moderar voluntariamente el deseo de alimento, el alma aprende a gobernar el apetito y, con ello, combate no solo la gula, sino también indirectamente la lujuria. Por eso, siguiendo la enseñanza clásica —especialmente la de Santo Tomás de Aquino—, el ayuno no es solo una norma disciplinar, sino una virtud que debe adquirirse mediante hábito.

Además, el ayuno pertenece tanto a la ley natural como a la ley divina: fue mandado en el Antiguo Testamento, practicado en tiempos de Cristo y regulado por la Iglesia desde época apostólica mediante días concretos, como los viernes y la Cuaresma. Tiene tres fines principales: dominar los apetitos, hacer penitencia por los pecados y disponer la mente para la contemplación.

También se recuerda la fuerte relajación de las normas en el siglo XX, argumentando que se apoyó en errores como creer que el hombre moderno puede controlar sus pasiones sin disciplina corporal o que la caridad sustituye plenamente la mortificación. Finalmente, propone recuperar gradualmente el ayuno tradicional, evitando el exceso imprudente, para restablecer el orden interior y avanzar hacia la santidad.

 

(A continuación, artículo completo)

El ayuno es una virtud

T. S. Flanders
21 de febrero de 2022

Artículo original: https://onepeterfive.com/fasting-is-a-virtue/

El ayuno es una virtud necesaria para la santidad

Entre las muchas cosas de nuestros padres que son necesarias para la restauración de la Tradición, hay pocas que estén más descuidadas y que, sin embargo, sean más necesarias que el ayuno corporal. Incluso entre los católicos fieles que se esfuerzan con celo por la restauración de la Santa Misa y la reverencia debida a la Presencia Real, el ayuno más básico que practicaban nuestros padres incluso en 1950 rara vez es comprendido ni practicado. Además, la cautividad del mundo moderno ante sus apetitos de comida y placer sensible invade las familias católicas mediante la dominación omnipresente del amo esclavista de las redes sociales. Por ello, en este artículo pretendemos proporcionar a los lectores el antídoto necesario tanto contra los errores doctrinales rampantes en la vida espiritual como la necesaria sabiduría práctica de nuestros antepasados para recuperar esta virtud del ayuno.

 

El verdadero estado del hombre

Como sabemos por nuestro catecismo, el Santo Bautismo limpia la culpa del Pecado Original, pero sus efectos permanecen en nosotros, inclinándonos al pecado de nuestros Primeros Padres. La vida espiritual es el esfuerzo realizado por el cristiano para superar estos efectos —por el poder de Dios— y merecer —por la gracia de Dios— la recompensa eterna prometida a quienes están unidos a la Pasión de Cristo.

Los efectos del Pecado Original incluyen un entendimiento oscurecido, una voluntad debilitada y una inclinación general al mal. Esta inclinación es resultado de que nuestros apetitos sensibles controlan nuestro intelecto y razón, en lugar de que ocurra lo contrario. En otras palabras, nuestra razón es esclava de nuestros apetitos sensibles, y así actuamos como animales que no tienen razón. Un alma correctamente ordenada utiliza el entendimiento y la voluntad para gobernar los apetitos sensibles, de modo que estén ordenados según la recta razón.

¿Cuáles son estos apetitos sensibles? Según la concepción dominicana, incluyen el apetito irascible y el concupiscible, y están situados en el cuerpo, no en el alma. Estos apetitos desean los bienes naturales que Dios creó para el uso de la naturaleza humana y el cumplimiento de sus preceptos. El apetito concupiscible desea todos los placeres sensibles inmediatos, pero en particular está ordenado a dos bienes naturales: el alimento y el acto conyugal (procreación). Estas cosas son buenas en sí mismas, pero por el Pecado Original se convierten en ocasión de nuestra ruina.

En el estado caído del hombre, el apetito concupiscible esclaviza al entendimiento a sus deseos de alimento y del acto conyugal, dando lugar a dos vicios dominantes: la gula y la lujuria. Porque estos dos bienes —el alimento y el acto conyugal— son inclinaciones naturales muy fuertes debido a su gran bien para la naturaleza humana (tal como fue creada por Dios y ordenada por la recta razón), los vicios asociados a ellos dominan particularmente al hombre caído.

Así, en nuestro mundo moderno que ha arrojado todo freno al Pecado Original, vemos estos dos vicios abrumadores: el consumo glotón y el espíritu esclavizante de la fornicación. A éstos podemos añadir la dominación generalizada del amo esclavista de las redes sociales, que manipula los placeres inmediatos de este apetito mediante la tecnología. En efecto, la época moderna, que ha intentado destronar a Cristo Rey, puede llamarse el “reinado de la carne” —es decir, del apetito concupiscible— del mismo modo que es el Reino de Satanás, que utiliza los pecados de la carne con particular eficacia para sus designios.

 

El ayuno: un precepto fundamental de la ley natural y divina

Debido al dominio particular de la lujuria y la gula en el hombre caído, los Padres nos dicen que estos dos vicios son los primeros que deben superarse en la vida espiritual. Por tanto, es muy difícil avanzar en la vida espiritual si el apetito concupiscible sigue dominado por estos vicios. La lujuria, en especial, tiene un efecto oscurecedor particular sobre el entendimiento, como se muestra en la total irracionalidad de nuestro mundo moderno.

Se puede ver fácilmente cómo el ayuno frena la gula, pero ¿cómo ayuda a combatir el vicio de la lujuria? La razón es que ambos son vicios que afectan al mismo apetito concupiscible. Al ayunar, el alma gobierna el apetito que —por la lujuria y la gula— se rebela contra Dios. Así, mediante el ayuno, un alma ataca ambos vicios con una misma acción.

El ayuno se convierte, pues, en el medio por el cual el apetito concupiscible es moderado según la recta razón. Esto transforma el vicio de la gula en la virtud de la templanza, y el vicio de la lujuria en la virtud de la castidad. Por esta razón Agustín, resumiendo la enseñanza de todos los santos, dice que:

«El ayuno purifica el alma, eleva la mente, somete la carne al espíritu, hace el corazón contrito y humilde, disipa las nubes de la concupiscencia, apaga el fuego de la lujuria, enciende la verdadera luz de la castidad.»

Santo Tomás añade: «Todos están obligados por el dictado natural de la razón a practicar el ayuno en la medida en que sea necesario para estos fines.» La misma Ley Natural indica que el ayuno debe practicarse, porque un no católico puede ver usando su razón —como algunos hacen— que el hombre se convierte en bestia por su esclavitud a la gula y la lujuria.

No sólo esto, sino que Dios mandó el precepto del ayuno en la Antigua Alianza, estableciendo una pena severa: «Toda alma que no se aflija en este día, perecerá de entre su pueblo» (Lev 23,29). En tiempos de Nuestro Señor era costumbre común ayunar dos días por semana —lunes y jueves— de ahí la mención de ayunar dos veces por semana en la parábola (Lc 18,12). Esta práctica ya estaba establecida, por lo que Nuestro Señor no dio precepto nuevo, sino que dijo: «Cuando ayunéis, no ayunéis como los hipócritas» (Mt 6,16).

Por tanto, desde tiempos apostólicos la tradición cristiana estableció ayunar en días distintos a los de los “hipócritas”, para distinguir al cristiano del judío. En Oriente, un documento muy antiguo da testimonio de ello:

«No ayunéis con los hipócritas, que ayunan el segundo y el quinto día de la semana; vosotros ayunad el cuarto día y el día de la Preparación.»

Así, los cristianos en Oriente, desde tiempos apostólicos, han ayunado cada semana en miércoles —día de la traición del Señor— y viernes —día de la Pasión del Señor—. En Occidente hubo un énfasis mayor en la Pasión, haciendo del viernes el día principal de ayuno, aunque también se añadieron miércoles y sábado en las Témporas (el ayuno del sábado en Roma es también muy antiguo). Así enseñaron los Apóstoles el ayuno regular, que se desarrolló en costumbres distintas según las regiones.

Por eso dice Santo Tomás que el ayuno en sí mismo es una virtud y, por tanto, un hábito que debe adquirirse mediante una práctica regular —normalmente cada semana—. Santo Tomás, sin embargo, hace una distinción adicional respecto a la obligación de ayunar entre la ley natural del ayuno y la ley divina tal como es mediada por la autoridad eclesiástica. Esto significa que la Iglesia estableció las normas de ayuno según la costumbre de cada región, y cita a Agustín diciendo: «Que cada provincia conserve su propia práctica y considere los mandatos de los ancianos como si fueran leyes de los apóstoles.» Así, en Occidente y en Oriente rigieron diferentes normas de ayuno, como hemos dicho, establecidas según la costumbre local, pero todas con la obligación fundamental de que el ayuno era necesario para la vida espiritual.

 

El ayuno como penitencia y contemplación

Pero además de la moderación del apetito concupiscible, Santo Tomás identifica otros dos fines de la virtud del ayuno. El primero es la penitencia y la satisfacción por el pecado, para lo cual cita Joel 2,12: «Convertíos a Mí de todo corazón, con ayuno, llanto y lamento.» Por ello, fue particularmente durante el tiempo penitencial de Cuaresma cuando las normas de ayuno fueron impuestas por todas las Iglesias cristianas en cada región (aunque con algunas diferencias particulares en las reglas).

Pero una vez practicadas la moderación de la carne y la penitencia, se muestra el tercer y más alto fin del ayuno:

«Recurrimos al ayuno para que la mente se eleve más libremente a la contemplación de las cosas celestiales: de ahí que se relate de Daniel que recibió una revelación de Dios después de ayunar durante tres semanas.»

Por esta razón, las normas de ayuno prohibían no sólo las carnes, sino también los productos lácteos y los huevos. ¿Por qué? Los antiguos podían observar fácilmente —aunque sus términos científicos fueran distintos— que estos alimentos contenían una gran cantidad de grasa que provocaba el “hinchamiento” del apetito concupiscible, conduciendo a somnolencia y embotamiento del entendimiento. Así, el ayuno hacía que el apetito se aligerase con menos alimento y menos grasa, y de este modo el intelecto podía elevarse más fácilmente a la contemplación.

Esta es la razón por la cual el pescado era la única carne permitida, por ser carne magra con poca grasa. Esto explica también el origen del Martes de Carnaval (o “adiós a la carne”), el día en que debían consumirse todos los huevos y la leche —con diversas delicias tradicionales como los pączki polacos— ya que no se volverían a comer hasta Pascua. Y así resume Santo Tomás esta importancia del ayuno para la contemplación devota en las fiestas a lo largo del año:

«En la fiesta de Pascua la mente del hombre debe elevarse devotamente a la gloria de la eternidad, que Cristo restauró al resucitar de entre los muertos, y por ello la Iglesia ordenó que se observara un ayuno inmediatamente antes de la fiesta pascual; y por la misma razón, en la víspera de las principales festividades, porque entonces conviene disponerse a celebrar devotamente la fiesta que viene. Además, es costumbre en la Iglesia conferir las órdenes sagradas cada trimestre del año [en las Témporas]… y entonces tanto el ordenante como los candidatos a la ordenación, e incluso todo el pueblo por cuyo bien son ordenados, necesitan ayunar para disponerse a la ordenación.»

Así ayunaban y se abstenían nuestros padres según esta antigua costumbre establecida en cada región de la Iglesia. Pero no era sólo el precepto fundamental para vencer los vicios básicos de la lujuria y la gula, sino una disciplina regular de rigor por la cual los santos ascendían a las alturas de la contemplación y ofrecían a Dios reparación por los pecados de los hombres.

 

Entra la “nueva primavera”

En el momento del Concilio Vaticano II, la Iglesia ya había aprobado alguna relajación de las normas de ayuno. Una relajación significativa tuvo lugar bajo Benedicto XIV en 1741, y más aún en el siglo XX, especialmente durante la escasez de alimentos en la Segunda Guerra Mundial. Pero en los años posteriores a la guerra, las autoridades de la Iglesia reconocieron un esfuerzo cada vez más fuerte en la sociedad por normalizar todos los pecados contra la pureza. Las décadas de 1920 y 1930 ya habían presenciado la “Primera Revolución Sexual” de la era del jazz.

En 1950, en la canonización de Santa María Goretti, el Venerable Pío XII dijo en su homilía:

«Durante los últimos cincuenta años, junto con lo que a menudo fue una reacción débil por parte de la gente decente, ha habido una conspiración de prácticas malas, propagándose en libros e ilustraciones, en teatros y programas de radio, en modas y clubes y en las playas, intentando abrirse camino en la familia y en la sociedad, y causando su peor daño entre la juventud, incluso entre aquellos de más tierna edad, en quienes la posesión de la virtud es una herencia natural.»

Y así, en la víspera del Concilio Vaticano II, el Cardenal Ottaviani pudo decir en uno de los documentos preparatorios:

«El orden moral defiende los principios inmutables de la modestia y la castidad cristianas. Sabemos las energías que se gastan en el presente por el mundo de la moda, el cine y la prensa para sacudir los fundamentos de la moral cristiana en este aspecto, como si el Sexto Mandamiento debiera considerarse anticuado y se debiera dar rienda suelta a todas las pasiones, incluso a las que van contra la naturaleza. El Concilio tendrá algo que decir sobre este asunto. Aclarará y eventualmente condenará todos los intentos de revivir el paganismo… contrarios al orden moral.»

Más aún, fue Nuestra Señora de Fátima cuyo mensaje alcanzaba un crescendo en todo el mundo en anticipación de la revelación del Tercer Secreto en 1960. Una de las partes más potentes de este mensaje iba directamente a la raíz de lo que la sociedad enfrentaba desde hacía décadas: «Más almas van al infierno por los pecados de la carne que por cualquier otra razón.»

Pero en lugar de esta sobria advertencia contra los pecados de la carne, un optimismo teilhardiano sobre el mundo de la posguerra dominó a los líderes de la Iglesia en el Concilio y después. Al hombre moderno, cada día más esclavizado por su apetito, no se le dio el “anatema caritativo”, sino la “medicina de la misericordia”. Y así el desprecio del hombre moderno por el ayuno —presumiblemente fruto de su lujuria y gula desenfrenadas— no fue refrenado, sino confirmado. Las normas modernas de ayuno fueron relajadas en 1966 hasta tal punto que la práctica del ayuno regular —el arma fundamental contra los vicios fundamentales— casi ha desaparecido entre los fieles católicos. Tras esta desastrosa decisión de Pablo VI en 1966, la inmundicia fue liberada —como una inundación repugnante de aguas residuales— en la (segunda) Revolución Sexual de 1968, y el resto es historia.

 

Errores modernos acerca del ayuno

Los innovadores justificaron su supresión del ayuno con un doble error: uno doctrinal en la vida espiritual y otro en una afirmación errónea sobre el estado del mundo moderno. Esta es la afirmación irracional y temeraria de que el Hombre Moderno ha progresado más allá de la necesidad de normas como el ayuno y puede controlar sus propios apetitos. Debería ser evidente para todos que esta afirmación no refleja la realidad.

En el plano doctrinal, se afirmó (y fue aceptado por Pablo VI) que las obras de caridad pueden sustituir la mortificación del ayuno sin pérdida alguna para la vida espiritual. Pero las obras de caridad —aunque buenas y loables en sí mismas— no reprimen el exceso del apetito concupiscible. La vida espiritual se ve obstaculizada porque los vicios fundamentales no son atacados en su raíz.

Luego prevaleció un neo-gnosticismo que afirmaba que la mortificación era exclusivamente interior y no necesitaba concernir al cuerpo. Pero este error fue peor que el primero, pues negaba la constitución básica del hombre como alma y cuerpo integrados en una sola persona.

Esto alimentó el error más grave de todos: que el hombre está más hecho para la libertad que para la ley. Esto no fue más que un ropaje retórico mediante el cual el Hombre Caído pudo ocultar para siempre la vergüenza de su Pecado Original. La negación de este dogma —al menos en la práctica— está en el corazón de este abuso torcido de la libertad contra la ley, para dar plena licencia a los pecados de la carne sin freno alguno, conduciendo a una esclavitud completa al pecado y a la ceguera espiritual. Tal es el estado del mundo moderno en nuestro tiempo, debido en gran parte a la rendición de los pastores y fieles católicos ante las demandas estridentes del Hombre Caído esclavizado.

 

Cómo ayunar: sabiduría práctica de los Padres

Dado todo esto, es crucial que los católicos que desean avanzar en la vida espiritual recuperen nuevamente la disciplina de nuestros padres en la virtud del ayuno. No hay mejor momento para ello que en el Gran Ayuno de Cuaresma.

Una vez que un alma está convencida de la necesidad del ayuno, es crucial evitar el error más común identificado por los Padres en esta materia: el celo desmedido. El Diablo toma las intenciones piadosas de un alma generosa y las retuerce para hacerle pensar que si no adopta una disciplina rigurosa de abstinencia total y ayuno diario, no está ayunando verdaderamente. Como resultado, estas almas se agotan y fracasan tras dos días, caen en la desolación y abandonan por completo el ayuno.

En cambio, tenga humildad para mirarse lo más objetivamente posible: ¿qué cantidad de ayuno puede usted realizar para adquirir el hábito del ayuno? Comience absteniéndose de carne todos los viernes (no sólo en Cuaresma). Una vez que pueda hacerlo con regularidad, empiece a suprimir el desayuno el viernes. Cuando esto se haya convertido en hábito, considere hacer del viernes un día completo de ayuno comiendo una sola comida. En Cuaresma, puede hacer lo mismo también los miércoles. Si hace esto, está en camino hacia la virtud del ayuno. El ayuno cuaresmal tradicional es una sola comida diaria seis días a la semana en Cuaresma y abstenerse de carne y productos lácteos todos los días, incluso los domingos.

Tenga cuidado durante el tiempo pascual: es fácil perder toda la virtud del ayuno cediendo a un exceso de banquetes en esta fiesta de fiestas. Es propio relajar todo ayuno en este tiempo, pero también es prudente no eliminarlo completamente. Continúe, por ejemplo, alguna abstinencia los viernes durante el tiempo pascual, y luego recupere la disciplina completa de ayuno en el tiempo después de Pentecostés.

También es muy útil hacerlo con otros fieles (como se practicaba antiguamente en Cuaresma). Considere ayunar con su cónyuge o unirse a un grupo Exodus 90. Manteniendo esta disciplina regular de ayuno, tendrá —por la gracia de Dios— el arma fundamental para combatir el demonio de la lujuria y la gula y alcanzar la santidad.

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Este artículo apareció por primera vez, en forma modificada, en Catholic Family News.

[1] Las redes sociales fueron diseñadas por sus creadores para manipular el apetito concupiscible con el fin de esclavizarlo a los placeres de los “me gusta”, retuits y seguidores, para obtener el máximo rendimiento económico. Esto es admitido abiertamente por sus propios creadores, por ejemplo por el creador de Facebook, Sean Parker.

[2] Véase Juan Casiano, Instituciones, libros 5 y 6.

[3] Santo Tomás afirma que el vicio de la necedad —opuesto a la sabiduría— procede directamente del vicio de la lujuria (II-II q. 46 a. 3).

[4] De oratione et jejunio, Sermón lxxii (ccxxx, de Tempore). Citado en II-II q. 147 a. 1.

[5] II-II q. 147 a. 3.

[6] La “Preparación” era el día anterior al Séptimo Día, el sábado. Didaché, cap. 8. Este es uno de los primeros testimonios escritos de la enseñanza apostólica, redactado hacia el año 100 d.C.

[7] De libero arbitrio III, 18; cf. De natura et gratia lxvii. Citado en II-II q. 147 a. 8.

[8] La costumbre de comer pescado durante la Cuaresma nunca se dio en Oriente, por ejemplo, donde se abstenían no sólo de pescado sino también de vino y aceite de oliva. Esto probablemente indica las diferencias económicas entre las provincias occidentales rurales (especialmente al norte) y los numerosos centros urbanos que dominaban las provincias orientales.

[9] Pío XII, homilía en la canonización de Santa María Goretti, 24 de junio de 1950.

[10] Informes preparatorios del Concilio Vaticano II, trad. Aram Berard (Filadelfia, The Westminster Press, 1965), p. 51.

[11] San Alfonso afirma algo muy similar en su Teología Moral: «No dudo en afirmar que todo el que se condenó, se condenó por este único vicio de la impureza sexual (o al menos no sin él)». Teología Moral, vol. II, libro IVa, trad. R. Grant (Mediatrix Press: 2017), p. 465.

[12] Pablo VI (1966), Paenitemini.

[13] Juan Casiano, Conferencias I, cap. 17.